A strange lonely blue tree

Fue aquel año, el 2210, más o menos por mayo, cuando Anselmo Schmitt desapareció en el mar, en una barca de pescadores, poco después del atardecer, en la vieja y menesterosa ciudad de Nemoville, en el sur de la isla de Crisoelephantine.
Anselmo Schmitt era un joven de aspecto delicado, con sombrero blanco, bastón, un ligero bigote y una mirada lánguida, de hombre enfermo o tal vez de hombre seriamente enajenado. Ocho años atrás había dejado la ciudad de Bonanova para seguir a Gora Vorontsov y a su amigo Kalús McMilkman hasta aquel apartado rincón del mundo.
Después de múltiples avatares se habían instalado en el Hotel Riverside, frente al puerto, donde habían reservado varias habitaciones en el cuarto piso, con vistas a la ciudad vieja, al Castillo y a los bosques de altísimos pinos de la playa de los alemanes.
Gora Vorontsov acabó desapareciendo en las montañas dos años después, obsesionado por encontrar un paso hacia el norte. En cuanto a Kalús enseguida encontró el medio de sobrevivir, e incluso de prosperar, en aquella nueva ciudad. Tras la deserción de algunos generales se vio al mando de una división del Ejército del Explorador, que acabó conquistando amplias zonas del norte de la isla.
Pese al derrocamiento del Explorador supo conseguir un puesto en las negociaciones para la paz de Virenia y acabo siendo nombrado Cogobernador de la ciudad, con amplias atribuciones sobre casi una mitad de su extensión.
Anselmo, como miembro del Club Azul, también había tenido alguna intervención durante la defensa de la ciudad, pero, herido durante los combates, pasó la mayor parte del tiempo convaleciente en su habitación del hotel. Desde entonces su máximo deseo había sido regresar a Bonanova, la ciudad donde había nacido, y olvidar todo lo que había sucedido allí, incluyendo la muerte de su hermano Bernardo.
Durante buena parte de aquel año había estado saliendo casi todas las noches con intención de encontrar a Only Sally.
Only Sally no era una de esas mujeres fatales que con frecuencia acaban apareciendo en la vida de cualquier hombre. Era rubia, con la cara ovalada, los labios carnosos, los ojos azules, de un tamaño casi exorbitante, un cuerpo sinuoso, lleno de curvas, y una voz un tanto aguardentosa. Tenía un extraño atractivo, pero lo cierto es que a Anselmo le gustó desde el primer momento, cuando la conoció en el piso de unos amigos. Por aquella época actuaba en el “Veux-pas”, un music-hall anexo al Hotel Menfis, junto a la playa, confiscado por las tropas de los Bakten, uno de los ejércitos de ocupación de la ciudad.  Sally solía cantar viejas canciones de cabaret con una voz inconfundible, entre vapores etílicos y en medio del humo de los cigarrillos.
Para llegar al “Veux pas” Anselmo efectuaba un largo peregrinaje por las calles de la ciudad, comenzando por la Avenida del Capitán Nemo, siguiendo por el Palacio de los Conservadores, donde ya apenas quedaban vestigios de los seguidores del Explorador, hasta la Escuela de Marionetas. Después venían la plaza del Resol, el Casino regulado y el Palacio de los Foráneos, lugar de reunión de los miembros de la Secta del Espejo. Anselmo tenía amigos en casi todos estos sitios, pero casi siempre iba acompañado por Policarpo Aronnax, el director del Oceanic Club, que por aquel entonces estaba saliendo con Alma Pam, una mujer delgaducha, no muy guapa, pero con un enorme encanto, que era amiga a su vez de Spook, un marchante de arte que pasaba la mayor parte del día durmiendo y tomando café en los locales de la plaza del Resol.  
Anselmo y Policarpo parecían dos náufragos en medio de la marea de gente que se congregaba en los locales nocturnos. Solían intercambiar opiniones con unos y con otros, sin formar parte de ningún grupo en exclusiva. Cuando llegaban al “Veux-pas” ya se habían trasegado más de tres o cuatro copas. En ese momento las conversaciones empezaban a espaciarse y las verdaderas intenciones de cada uno se hacían cada vez más evidentes. Anselmo se acercaba a la barra, trataba de ver desde allí el escenario y recibía más de un empujón de alguno de los concurrentes.
A eso de la medianoche Sally hacía una corta actuación, que luego se veía complementada por otra a las tres o cuatro de la mañana, cuando ya la mayor parte de la gente se había ido. Era entonces cuando aparecían algunos músicos improvisados que subían al escenario y se apropiaban de los instrumentos de la orquesta en medio de un descontrol amable, siempre vigilado por Charles, el administrador del Menfis, un tipo delgado, de piel muy blanca, que nunca parecía perder el control.
Charles sin embargo era drogadicto y terminaba casi todas las noches pinchándose, con otros, en algún oscuro rincón del local. La mayor parte de los que quedaban a esas horas eran soldados de los Bakten o los Titiriteros, veteranos del ejército regular y algunas personas del círculo más influyente de la ciudad, contrabandistas y altos cargos de la Asamblea, como el propio Kalús, que ahora se encontraba de viaje fuera de la ciudad.
Fue entonces, durante la primera de las actuaciones, cuando Anselmo vio desde la barra a un tipo vestido de blanco, pálido y ojeroso, que se acercaba demasiado a Sally.
—¿Conoces a ese? —dijo, tenso.
Policarpo se levantó el ala de su sombrero de copa con el bastón y echó un vistazo al escenario.
Sally estaba sentada en medio del escenario en una silla thonet, con una copa en una mano y un cigarrillo encendido en la otra. Detrás de ella, sujetando su abrigo, había un hombre delgado, con barba de varios días, que miraba hacia los lados con cierta inseguridad.
—No lo he visto nunca, no debe ser de la ciudad —dijo Policarpo.
El hombre tenía el pelo corto y llevaba unos correajes militares por encima de la chaqueta. También las botas eran militares. Un poco más atrás había una pequeña banda de músicos, con una guitarra, un vibráfono y unos bongós, moviéndose impacientes.
Se hizo el silencio en la sala y se apagaron las luces. De repente un foco iluminó el escenario y Sally comenzó a musitar la letra de una vieja canción:
Address unknown, not even a trace of you,
Oh what I'd give to see the face of you…
Un leve campanilleo acompañaba la ronca voz de Sally y Anselmo se acercó todo lo que pudo al escenario. Dos o tres chicos de la banda se adelantaron y comenzaron a tatarear el estribillo mientras Sally se paseaba a un lado y a otro, mirando a los clientes desde arriba, con una sonrisa socarrona y los ojos en perpetuo movimiento.  De vez en cuando se agachaba y echaba el humo del cigarrillo sobre algún espectador. El hombre de blanco parecía haber desaparecido.
Only Sally pasó al lado de Anselmo y este le hizo una leve seña, con idea de ser correspondido, pero el rostro de ella solo hizo una mueca mientras miraba a lo lejos.
A pesar de ello Anselmo consiguió ver que tenía unas agujas de acupuntura en la oreja y que por el hombro desnudo asomaba un tatuaje con forma de dragón.  Volvió a donde se encontraba Policarpo y pidió otra copa.  
Fue entonces cuando vio pasar cerca al tipo que vestía de blanco.
—Eh tú, ven aquí —dijo Anselmo, con gesto distendido, mientras trataba de disimular la borrachera —Te invito a una copa.
Policarpo lo miró con cara de asombro. El desconocido se detuvo un instante, pero al fin se acercó.
—¿Cómo te llamas? —continuó Anselmo, levantando un poco la cabeza.
—Pierrot —dijo el desconocido.
—Ah, bonito nombre —dijo Anselmo—. A mí me gustaba mucho Navokov —añadió, sin venir a cuento.
Después de algunas frases entrecortadas del mismo estilo acabaron averiguando que era un poeta que estaba en la ciudad de paso, que había nacido en las montañas, que pertenecía a la tribu de los Titiriteros y que vivía de dar recitales en círculos selectos.
—Pues no parece que te vaya muy bien —dijo Anselmo, señalando el atuendo del joven—. ¿Y de qué conoces a Only Sally?
El poeta sonrió, comprendiendo de pronto la razón de todo aquel interrogatorio, y dijo que la había conocido allí mismo, unos días atrás, y que desde entonces no había podido dejar de estar a su lado.
—Es una mujer asombrosa, de una belleza etérea, pero es aún más bella por dentro que por fuera —dijo Pierrot.
Anselmo estuvo a punto de echarse a reír, pero decidió no hacerlo y miró a Policarpo de soslayo. 

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