A strange lonely blue tree

Hotel Riverside
El tercer cel, dins d'un mirall
Reflecteix les imatges d'un món ignorat

Fue en el año 2210, más o menos por mayo, cuando Anselmo Schmitt desapareció en el mar, en una barca de pescadores, poco después del atardecer, en la vieja y misteriosa ciudad de Nemoville, al sur de la isla de Crisoelephantine.
Anselmo Schmitt era un joven de aspecto delicado, con sombrero blanco, bastón, un ligero bigote y una mirada lánguida, de hombre enfermo o tal vez de hombre seriamente enajenado. Ocho años atrás había dejado la ciudad de Bonanova para seguir a Gora Vorontsov y a su amigo Kalús McMilkman hasta aquel apartado rincón del mundo.
Después de algunos avatares se habían instalado en el Hotel Riverside, un sólido caserón de piedra frente al puerto, en donde habían reservado varias habitaciones en el piso más alto, con hermosas vistas a la ciudad vieja, al Castillo y a los bosques de altísimos pinos de la Playa de los Alemanes.
Durante los años siguientes Anselmo entró a formar parte del Club Azul, tuvo una corta intervención en la defensa de la ciudad cuando fue invadida por las tropas de la Generala Tguidi y se retiró a meditar, convaleciente de diversas heridas, en su habitación del Hotel Riverside.
Desde allí podía ver con bastante claridad las casas de la Ciudad Jardín, con árboles de todo tipo, y los caminos que conducían a la Playa de los Alemanes y al Mirador de Aronnax; y podía evocar, porque los conocía muy bien¸ el jardín abandonado del Club Azul y la tumba, ahora vacía, de la bellísima Sarah Leidner, situada bajo un extraño y solitario árbol azul.
 En aquel jardín había otras muchas tumbas que habían sido abiertas y profanadas por los ejércitos de la Generala Tguidi cuando invadió la ciudad. A unos pocos metros estaba la casa, un edificio del siglo XIX, con las ventanas y las puertas reventadas, llena de pintadas y de manchones de humo sobre las paredes.
Anselmo aún podía recordar el día que había llegado a aquella casa, con Sarah Leidner y con sus amigos Gora Vorontsov y Kalús McMilkman. Les había llevado Hugo Prudhomme, el joven recepcionista del Hotel Riverside, y habían realizado una ceremonia de admisión nocturna con velas en las habitaciones, con música tocada por Mochuelo, un chico de larga melena rubia, y Mus. También estaban Ferrito, una chica llamada Sombra, el Profesor de Mitos, Históbulo y Up Pepo, un oficinista del Gobierno de la ciudad.
Anselmo se había enamorado perdidamente de Sarah. La contemplaba desde un rincón de cualquier lugar donde estuviesen, en el Club Azul, en la plaza principal, en las reuniones de la Asamblea Permanente, bajo aquella solemne bóveda de piedra, y analizaba cada uno de los rasgos de su sonrisa, su voz armoniosa, o las miradas que de vez en cuando le dirigía, con un sutil gesto de complicidad.
Por aquella época estaba en marcha la guerra que el Explorador, gobernador vitalicio de la ciudad, había emprendido a todo lo largo de la isla, de norte a sur, de este a oeste.  Muchos de los miembros del Club Azul se habían apuntado en el ejército y no era extraño verlos en la casa del Club con sus uniformes relucientes, llenos de medallas y contando las sucesivas batallas en las que habían participado.
Fue entonces cuando Anselmo se enteró de que Hugo había estado con Sarah y que esta había vuelto por un breve tiempo a París.
Preso de una irrefrenable melancolía Anselmo se encerró en su habitación, de donde salió únicamente para acompañar a Gora a las Montañas del Horizonte, en busca de otra chica, Faith, a la que ambos habían conocido en Bonanova.
De aquella expedición Anselmo y Kalús habían vuelto diciendo que Gora había desaparecido en el Paso de las Tormentas y que habían decidido regresar por el mal tiempo.
Pero tres años después Gora seguía sin aparecer y Sarah Leidner regresó a la ciudad con su padre, Balthazar , con su hermana Pía y su medio hermano Gustav.
Anselmo y Kalús los recibieron con frialdad en el Hotel, pero al poco tiempo llegaron también Friedrich, el primo de Gora, y Bernardo, hermano de Anselmo, que querían saber que había pasado en realidad en las Montañas del Horizonte.
Fue entonces cuando Anselmo y Kalús bajaron una caja de madera con llave a un salón de la planta baja y la dejaron con mucho cuidado sobre una mesa de mármol.
Después de algunas explicaciones Anselmo y Kalús confesaron haber dado muerte a Gora. Dijeron que lo habían hecho porque este se había vuelto loco y les había dicho que hacía todo aquello guiado por una voz que sentía en el interior de su cabeza, en un bulto tumefacto que iba creciendo en su lado derecho y que amenazaba con estallar en cualquier momento.
Habían pasado unos días duros cruzando a pie por un estrecho desfiladero, en medio de una tormenta de nieve y de hielo. En un momento dado Anselmo, que iba unos pasos por detrás de Gora, había cogido una piedra grande y se la había lanzado con todas sus fuerzas a la cabeza. “Estoy harto, no quiero saber nada más de ti”, había gritado en medio de la ventisca.
Gora cayó sobre las piedras y comenzó a arrastrarse con dificultad. Fue entonces cuando Kalús cogió un hacha que llevaba en su morral y le asestó varios golpes en la cabeza. En uno de ellos vieron cómo se desprendía parte del cráneo y salía rodando sobre la nieve un aparato metálico, cubierto de sangre y de vísceras, con extrañas ramificaciones que parecían moverse por voluntad propia.
Dedujeron que aquello podía ser lo que había estado condicionando el comportamiento obsesivo de Gora y decidieron llevárselo consigo para estudiarlo con más detenimiento.
Dejaron el cuerpo inerme bajo un montón de piedras, metieron el aparato en una de las mochilas, y regresaron a la ciudad de Nemoville. Desde entonces lo habían mantenido guardado allí, en aquella caja de madera, y habían comprobado periódicamente que se movía, impulsado por alguna fuente de energía alojada en su interior.
Balthazar Leidner se levantó de inmediato y abrió la caja. Allí, rodeado por un tisú de terciopelo rojo, se encontraba aquel aparato. Tenía unos siete u ocho centímetros de largo. Era alargado, de color plateado, y tenía varios tornillos de pequeño tamaño que unían alguna de sus piezas, de forma triangular o trapezoidal.
Balthazar lo cogió entre sus manos y dijo: “Sí, he sido yo quien implantó este aparato en el cerebro de Gora el día de su nacimiento, en la isla de Naxos. Lo hice de acuerdo con el padre de Gora, Semion, y con el absoluto desconocimiento de su madre, Bárbara”.   
Fue entonces cuando Sarah se levantó y salió de la habitación, completamente sorprendida  por aquellas revelaciones. 
En el tumulto que se formó después el aparato mecánico desapareció y los presentes empezaron a pelear entre ellos acusándose unos a otros de haberlo robado. Aquella misma noche Sarah apareció muerta en su habitación.
Se dijo que había sido un suicidio, pero poco después empezaron a aparecer los cuerpos de otras personas que habían asistido a aquella reunión. Primero fue Gustav, su hermano, y después Balthazar, su padre. Más tarde apareció el cadáver de Pía, su otra hermana, en la casa que compartía con Sarah, en París.  Nadie pudo dar con el posible o posibles asesinos, pero entre los supervivientes se decidió darles sepultura a todos en los jardines de Club Azul.
La primera de las tumbas había sido de la Gora. Fue la más suntuosa, de hierro y de granito, pagada por el gobierno del Explorador. En ella no había ningún cuerpo, puesto que este había quedado abandonado en el Paso de las Tormentas. La segunda había sido de la Sarah, de mármol verde con adornos de oro, pagada por Anselmo y situada bajo el extraño árbol de hojas azules que daba nombre al Club. La tercera había sido la de Gustav, de cemento, con la letras grabadas sobre la superficie y la fecha de su fallecimiento: 26 de marzo de 2206 . La cuarta había sido la de Balthazar, completamente de acero, con una escultura de cuarzo translúcido encima, y la última la de Pía, de piedra arenisca con adornos de plata.
Blue tree
Con el tiempo casi todas las personas que habían participado en aquellos acontecimientos volvieron a sus lugares de origen y Anselmo y Kalús continuaron viviendo en la ciudad.
Algunos años después, tras la derrota del Explorador y la invasión de la ciudad por las tropas de la Generala, Anselmo había conseguido cierta paz interior. Había pasado un tiempo convaleciente de las heridas recibidas durante el asedio y ya apenas necesitaba el bastón con empuñadura de marfil con el que solía pasear.
Durante aquellos años había entablado amistad con Policarpo Aronnax, el director del Oceanic Club, que estaba situado enfrente del Hotel, y con Charles, un joven propietario de la zona oeste, junto a la playa del Lido, y ya apenas se acordaba de Sarah o de Hugo Prudhomme.
Para complicar más aún la cosa Anselmo se había enamorado por tercera vez aquel año y, como las dos anteriores, también le había salido mal.
El objeto de su amor era una cantante de cabaret llamada Only Sally. En este caso era rubia, como Alberta Moon, con la cara ovalada, los labios carnosos, los ojos azules, de un tamaño casi exorbitante, un cuerpo sinuoso, lleno de curvas, y una voz un tanto aguardentosa.
Una noche Anselmo y Policarpo fueron hasta el Lido para ver la actuación de Sally. Se apostaron junto a la barra y tomaron un par de copas antes de que apareciese sobre el escenario.
Más o menos hacia la medianoche se hizo el silencio en la sala y se apagaron todas las luces. De repente un foco iluminó el escenario y Sally apareció detrás de un cortinón bastante sucio. Cogió el micrófono, dirigió sus grandes ojos hacia los músicos y comenzó a musitar la letra de una vieja canción de Nancy Sinatra: “Cause I'm in shoo-shoo-shoo, shoo-shoo-shoo, Sugar Town”.
Un leve siseo acompañaba la ronca voz de Sally y Anselmo se acercó al escenario, como movido por un resorte. Dos o tres chicos de la banda se adelantaron y comenzaron a tatarear el estribillo con Sally mientras ella se contoneaba con una sonrisa socarrona y los saltones ojos en perpetuo movimiento.  
—Eh tú, aparta de ahí —le dijo un tipo enjuto, con una casaca blanca y botas militares.
—¿Tú quién eres? —preguntó Anselmo, sin alejarse del escenario.
—Pierrot —dijo el desconocido.
—Ah, bonito nombre —dijo Anselmo—. A mí me gustaba mucho Navokov —añadió, sin venir a cuento.
Después de algunas frases entrecortadas del mismo estilo acabaron empujándose uno a otro hasta que Policarpo cogió a Anselmo por un brazo y se lo llevó de nuevo a la barra.
—No te metas en líos, ese es el nuevo novio de Only Sally. Es un poeta de la ciudad de Baktek, ha venido con los vencedores —le explicó a Anselmo.
Anselmo pidió otra copa y estuvo bebiéndola en silencio. En aquellos momentos llegaron Alberta Moon y Spook y los invitaron a salir al exterior.
Alberta había sido el otro amor de Anselmo aquel año, lo mismo que su hermana Julia, y como esta, también le había dado calabazas.
Después de unos momentos de duda, Anselmo decidió acompañar a sus amigos y salió por la puerta que daba a la playa, donde había una terraza con varias mesas con farolillos rojos en torno a las cuales la gente bebía y charlaba de forma distendida.
Anselmo se acercó a Alberta y trató de cogerla por la cintura.
—Déjame —dijo esta, alejándose y poniéndose seria.
Continuaron dando traspiés sobre la arena y vieron a lo lejos a un grupo en torno a una pequeña hoguera. En el medio de todos estaba Spook, lanzando bocanadas de humo al aire.
Alberta se acercó de nuevo a Anselmo con una botella verde en la mano.
—Bebe —dijo—, está muy bueno.
—¿Qué es? —preguntó Anselmo, desconfiado.
—Prueba, luego me dices —dijo, sonriendo de nuevo.
Anselmo echó un trago y notó un sabor dulzón, un poco empalagoso, en la garganta. Pero al cabo de unos instantes comenzó a notar que le quemaba la garganta. Emitió un sonido ronco, pero Alberta se reía de forma incontenible a su lado. Intentó toser, pero ella le puso la mano en la boca y le dijo:
—No hagas eso. Es buenísima.
Poco después Anselmo estaba rodando por la arena, completamente ajeno a lo que sucedía a su alrededor.
No supo en qué momento se había quedado dormido, pero cuando se despertó era de día y ya no había nadie en la playa. Se miró la ropa y vio que estaba ligeramente manchada, pero tenía a su lado su bastón, medio clavado en la arena. Lo cogió y decidió emprender el camino de vuelta al hotel.
De repente se sintió enormemente cansado. Empezó a reflexionar sobre su vida y llegó a la conclusión de que nada de todo aquello valía la pena. Ni Alberta, ni Only Sally, ni ninguna chica le hacía caso. De repente se acordó de las palabras de Sarah cuando volvió de París, poco antes de morir, en aquella sala del Hotel: “Estás más viejo, oh, que viejo estás”.
A Anselmo siempre le había dado la impresión de que estorbaba, que estaba de más entre sus amigos. Unos días atrás había visto a Julia de la mano de un chico con pinta de bohemio, lo que le hizo pensar que había encontrado una cierta estabilidad. Se alegró por ella, pero pensó que aquel chico podía haber sido él. En cuanto a Alberta, pensó que hacía una vida tan misteriosa y tan lejos de su alcance que no creía que tuviese ninguna oportunidad de salir con ella. Y de este modo se cerraba completamente el círculo.
Cuando entró por la puerta del Hotel notó algo raro en el aire. Echó un vistazo alrededor y vio a un nuevo recepcionista, con el pelo enmarañado y un poblado bigote que le tapaba la boca.
—¿Desea algo, señor? —preguntó, con afectación.
—Y tú, ¿quién eres? —dijo Anselmo.
—El nuevo recepcionista —respondió este—. Había un puesto vacante en la oficina de Asuntos Internos y me han mandado para aquí.
—Pero, si el Hotel está embargado —dijo Anselmo, extrañado—. El responsable es Kalús, y no me ha dicho nada.
El nuevo recepcionista se encogió de hombros y le dio la espalda, desapareciendo por una puerta escamoteada en la pared.
Anselmo se quedó parado en medio de la sala hasta que vio que el ascensor aterrizaba en la planta baja. Se dirigió a él y pulsó el botón número cinco