Verger Fleurí

Verger Fleurí

“El primer cel és inventat:
el primer gran invent de la terrestritat”.

Gora Vorontsov de joven

De todas las extrañas historias que he oído la más singular, y la más difícil de creer, es la del joven Gora Vorontsov, nacido en Naxos, una isla griega, un 14 de abril del año 2184.
La fecha no es lo más extraño, puesto que les estoy escribiendo desde un tiempo muy distinto al de ustedes, un tiempo paralelo y cambiante, como lo es en China, o en los países musulmanes, o también en el Tibet, donde estaríamos en el año 2557, a contar desde el nacimiento de Sidharta Gautama, el Buda originario.
Esta forma de medir el tiempo tiene su origen en la isla de Crisoelephantine, una isla sumergida en medio del Océano Atlántico, creada por la hija de Helios y de Perseis, la diosa Circe, unos doscientos veinticuatro años antes de Jesucristo. Dice la leyenda que los dioses del Olimpo se retiraron a ella tras la caída de Grecia en manos de Roma.
Al estar sumergida solo había dos modos de acceder a la misma: uno era hundiéndose completamente en las aguas del océano, a una latitud y longitud adecuada; el otro era atravesando un puente parcialmente sumergido en un lugar de la costa occidental de Europa. Sobre dicho puente discurría una vía de tren, antigua y muy deteriorada, que tenía su inicio en algunas estaciones en distintos lugares del mundo; uno de ellos era Verger Fleurí, en la costa azul francesa.
A este pequeño pueblo costero llegó Gora, un joven de diecisiete años de edad, con una pequeña malformación en la cara, una incipiente barba y un carácter inestable, en el año 2201.
En este pueblo su abuelo había construido un pequeño chalet a las afueras. El chalet tenía un vago aire de pagoda y estaba formado por varios torreones y amplios espacios abiertos entre ellos. Sus gruesas vigas de madera oscurecida se prolongaban en forma de terrazas y largas viseras atirantadas dándole un aspecto experimental y vanguardista, a medio camino entre la modernidad y el exotismo de la cultura zen.
Por desgracia el chalet había sufrido un devastador incendio unos años atrás y había sido mandado reconstruir por el tutor de Gora, su padrino Ludwig, que vivía en Sanandrés, una población del norte de España.
El joven Gora llegó una tarde, casi al anochecer, a la estación de tren, un pequeño andén con un edificio de piedra de color amoratado y un reloj en forma de caja suspendido en la pared.
Después de pedir un taxi tuvo que atravesar casi todo el pueblo, pasar frente a una gran iglesia encalada y llegar hasta una urbanización de las afueras, donde tuvo que parar ante un alto muro de adobe. Tras el mismo vio una densa arboleda de pinos, que se movían a impulsos del cálido viento que recorría la costa, y escuchó el ruido del sólido portalón que alguien trataba de abrir desde el interior.

 Tras el portalón apareció una mujer de mediana edad, con un vestido gris y el pelo recogido. Era Agnes, la mujer que tío Ludwig había contratado para hacerse cargo de las tareas de la casa.
Después de una somera visita a la casa Gora quedó instalado en la habitación que había sido de sus padres, en uno de los torreones que daban a la parte de atrás de la casa, con vistas al jardín y a un mirador que terminaba en un acantilado, a unos quince o veinte metros sobre el mar.
Las primeras semanas el joven Gora se dedicó a recorrer los alrededores, a bajar a la playa y a deambular por las calles del pueblo, que no era muy grande y que estaba lleno de veraneantes, fundamentalmente alemanes e ingleses.
Según Agnes, el joven Gora no llegó a conocer a nadie verdaderamente significativo aquel año y la mayor parte del tiempo la dedicó a hurgar en las cosas de sus padres, que se habían acumulado en una habitación junto al garaje.
Parece ser que entre aquellas cosas había varias cajas con aparatos y extraños artilugios que habían pertenecido a su padre, Semion Vorontsov, un joven ingeniero aficionado a la parapsicología, a la radiestesia y a la física recreativa.
Después de muchos esfuerzos había conseguido hacer funcionar alguno de aquellos aparatos y, según Agnes, uno de ellos parecía haber adquirido vida propia, lanzando extraños pitidos y otros ruidos durante largos períodos de tiempo.
Por alguna razón que desconocemos Gora se negó a desenchufarlos y durante casi todo el verano estuvieron emitiendo ruidos y esparciendo por el aire un insistente olor a quemado.
Tío Ludwig fue advertido de todo esto pero no acudió a visitar a su sobrino hasta bien entrado el mes de agosto, con su mujer y con sus cuatro hijos, Friedrich, Annette, Klara y Willem.
Al llegar se encontraron a Gora completamente ensimismado, quejándose de fuertes dolores de cabeza y de unos pitidos persistentes, que no le dejaban dormir.
Tío Ludwig fue hasta el garaje, vio aquellos aparatos encendidos y mandó desconectarlos todos.
 Después de esto Gora comenzó a mejorar, dijo que ya no oía los pitidos y comenzó a hacer una vida normal con sus primos.
Un día, al volver de la playa, vieron a un grupo de titiriteros en la plaza de la iglesia. Uno de ellos iba vestido completamente de rojo, con un mono que le cubría casi todo el cuerpo. Tenía el pelo largo, rubio y espeso, y danzaba entre los espectadores tocando una especie de flauta de caña. A un lado había dos muchachas con aspecto de gitanas. Una de ellas tocaba el violín, la otra movía unas frágiles marionetas encima de una maleta de cartón. Esta última tenía no más de quince o dieciséis años. Sobre su frente caían unos rizados mechones de pelo negro brillantísimo.
Las dos chicas parecían hermanas, con las narices respingonas, las mejillas llenas de pecas y unos labios finos, apenas delineados.
Pasó el tiempo y tío Ludwig se marchó de nuevo a Sanandrés, con su familia. Gora debía preparar los exámenes de septiembre, que le permitirían acceder a la universidad, y se encerró en su habitación con una maleta llena de libros y algunas libretas de color granate, en las que iba desgranando con desesperante parsimonia los contenidos de aquellos libros.  
Un día, a primeros de septiembre, mientras las nubes de una poderosa tormenta se cernían sobre las colinas y los bosques cercanos, Gora salió a una de las terrazas de la casa y contempló la reluciente superficie del mar.
En el horizonte, con las velas desplegadas, un barco de recreo intentaba acercarse a la costa. Gora fue a buscar un telescopio que había en la habitación y lo dirigió hacia aquel punto.
En medio de la neblina que se levantaba sobre la superficie pudo observar que se trataba de un velero de unos dieciséis metros de eslora, con un escarabajo dorado grabado en una de las velas, y con dos personas a bordo, una de ellas una mujer.
Aquella misma tarde volvió de nuevo a las calles del pueblo y se encontró otra vez a los saltimbanquis, con el mismo espectáculo de marionetas. El hombre del mono rojo parecía hacer los mismos movimientos pautados de siempre, con una suave parsimonia y una de las dos hermanas del pelo ensortijado, la que movía las marionetas sobre la maleta de cartón forrada de terciopelo rojo, le miró con sus enormes ojos negros.
Tío Ludwig

Pero antes de que pudiera hacer o decir algo, notó una mano sobre su hombro y la voz enérgica de tío Ludwig que le decía:
—Levántate, tenemos que ir hasta la estación del tren —dijo, mientras le arrastraba fuera del círculo de espectadores.
—Pero, tío, ¿qué haces aquí? —repuso Gora, sin salir de su asombro.
—Ha pasado algo que pone tu vida en peligro —dijo tío Ludwig, mostrándole una maleta—. Te he puesto ropa, algo de comida y un cuchillo grande de cocina, por si tienes que defenderte.
Tío Ludwig lo cogió de la mano y lo llevó con él hasta la estación del tren, al final del pueblo. Al entrar en los andenes miró el reloj que había en la pared y vio que marcaba las siete y veinte.
—Está a punto de llegar el tren de las ocho. Debes tomarlo —le explicó—. Ahora voy a comprar el billete. Toma este dinero por si te hace falta —añadió, metiéndole un fajo de billetes en el bolsillo del pantalón—. No debes bajarte hasta que llegues al final del trayecto. Una vez allí debes buscar al jefe de estación, él te dirá lo que has de hacer ¿Me has entendido?
—Sí, pero lo que no sé es por qué debo hacer todo esto —dijo Gora.
—Hay una persona que ha venido a por ti desde el pasado —le explicó tío Ludwig—. Ha llegado esta mañana, en un barco, y se dirige hacia la casa.
—¿Un barco con un escarabajo dorado en las velas? —preguntó Gora.
—Sí —dijo tío Ludwig —¿Lo has visto?
—Lo he visto esta mañana, antes de la tormenta, con el telescopio de mi habitación —dijo Gora.
—Algún día conocerás cuanta maldad hay en ese hombre —dijo tío Ludwig —. Las máquinas que has puesto en funcionamiento, aquellas que había en el almacén junto al garaje, le han avisado de que estás vivo y ha venido para llevarte con él y convertirte en su esclavo.
—Pero ¿por qué? No lo entiendo —dijo Gora.
 —De momento es necesario conseguir que no te vea, que permanezcas fuera de su alcance —dijo tío Ludwig—. Cuando vuelvas de este viaje te lo explicaré todo.
Tío Ludwig fue hasta el interior de la estación y compró un billete. Después volvió junto a su sobrino y le entregó un billete de cartón escrito con caracteres borrosos, con un agujero en el centro.
—Consérvalo siempre contigo, es un billete de ida y vuelta —le dijo—. El revisor solo debe marcarlo en cada uno de los viajes. Y recuerda todo lo que te dije.
Tío Ludwig cogió a su sobrino de los hombros, lo levantó del asiento y le dio un largo abrazo.
—Ahora tengo que irme —añadió.
Acto seguido recorrió el andén a grandes pasos y desapareció por una de las puertas de la estación.
Era una tarde calurosa de verano y había un silencio turbador en el aire. El andén estaba vacío, sumido en una quietud irreal. Pronto comenzaron a amontonarse de nuevo nubes negras en el cielo. Gora observó el reloj de esfera que había en la pared: eran las siete y veintiseis de la tarde. Lanzó un largo bostezo y cerró los ojos por un momento. De repente un trueno le hizo volver a la realidad. Estaba tumbado en el banco, con la cabeza apoyada en la maleta. Afuera del andén llovía con fuerza.
El cielo estaba completamente negro. Gora escuchó un agudo silbido y vio que había dos o tres personas en el andén, moviéndose con nerviosismo. En el reloj de la pared marcaban las ocho en punto.
De pronto un haz de luz apareció en la lejanía, moviéndose con exagerada parsimonia. Era un tren, que estaba a punto de llegar.
Gora se levantó y cogió la maleta que estaba en el banco. Se palpó uno de los bolsillos y comprobó que el dinero estaba aún allí.
Una locomotora verde pasó frente a él con un ruido atronador. Después comenzaron a desfilar una cantidad enorme de vagones, algunos cerrados, otros con ventanas, otros de color azul con letras doradas, y así sucesivamente.
Al cabo de un rato escuchó un intenso chirrido y vio como los vagones se detenían ante él en medio de un fuerte golpeteo. Sin pensárselo mucho se subió en un vagón que tenía dos enormes equis plateadas junto a la puerta y buscó un departamento donde acomodarse.
Al hacerlo comprobó que todo el vagón estaba vacío. Sin preocuparse demasiado por ello se metió en el primero de los departamentos y dejó la maleta sobre el portaequipajes, encima de su cabeza.
Miró por la ventanilla y vio que ya no había nadie en el andén. Pensó en su tío y se imaginó que estaría peleando con aquel hombre del barco en algún lugar próximo al chalet. Por un momento pensó que si ti Ludwig moría no le quedaría nadie en el mundo para defenderlo, pero aquello no se preocupó demasiado. Tenía todo el tiempo del mundo y un misterioso viaje por delante.
Al cabo de un rato el tren se puso en marcha de nuevo y Gora se acomodó en los viejos asientos de plástico. Afuera un oscuro paisaje iba desgranándose ante su mirada, viejas casas, pequeños faroles iluminando caminos, y el mar, con sus suaves destellos, al fondo.
Un par de horas después Gora comprobó que nadie más aparecía por allí, así que se dispuso a hacer una pequeña incursión por los otros vagones.
Primero fue en una dirección, pero no había ni un solo viajero. Llegó hasta la cola del tren y vio las vías que se alejaban a una velocidad endiablada. Después fue en la otra dirección y antes de llegar a su departamento se encontró con un hombre alto, de aspecto adusto, vestido con uniforme y un quepis de color oscuro.
—Su billete, por favor —dijo, con una voz extraña.
Gora metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y le entregó el billete de color marrón.
—Está bien —dijo el revisor, mientras se lo devolvía.
—¿A dónde va este tren? —le preguntó Gora.
Vamos a la ciudad de Última —respondió el revisor, enigmático.
Después de aquello Gora volvió a su departamento y se acomodó en el incómodo asiento, esperando que no faltase mucho para llegar a aquella misteriosa ciudad.
De repente el tren entró en una zona de túneles. Una serie contínua de ellos se fueron sucediendo en cuestión de minutos. El tren parecía avanzar cada vez más deprisa y ya era casi imposible reconocer el paisaje a través de las ventanillas.
Alarmado, Gora fue en busca del revisor. Esta vez se dirigió hacia la parte delantera del tren. Los dos primeros vagones estaban vacíos, pero de repente apareció en el vagón restaurante.
Tampoco allí había nadie. Dos tenues luces de emergencia iluminaban la estancia. Había una barra a la derecha, con unos sólidos taburetes de plástico plegados y una verja metálica que impedía el paso al interior. Desde allí se veía un pequeño compartimento cuadrado con una máquina del café y armarios metálicos. El resto del vagón estaba ocupado por una pequeña zona con mesas y sillones de plástico.
Gora continuó hasta el primer vagón, donde se encontró con una puerta cerrada que comunicaba con la locomotora.
Completamente angustiado regresó hasta su departamento y cerró las cortinas que daban al exterior. El tren se zarandeaba con fuerza a un lado y a otro y pensó que en cualquier momento podía descarrilar.
A pesar de ello se echó sobre el asiento y no tardó en cerrar los ojos y quedarse dormido.
Cuando despertó se dio cuenta de que el tren había aminorado mucho la marcha. Notó un ligero zumbido en la cabeza y vio como una ráfaga de luz se colaba a través de las cortinas.
Al descorrerlas vio un valle cubierto de niebla, con pequeñas arboledas por entre las que flotaban unos seres ligeros y veloces, como sombras, con forma vagamente humana, que se acercaban y volvían a desaparecer entre la bruma. Junto a la vía se veía un estrecho y sinuoso camino de tierra, que parecía acompañarles también.
Lo más extraño de todo era que el cielo era de color verde, más oscuro de lo habitual, y que estaba profusamente cargado de nubes.
Mientras el tren se movía lentamente Gora vio a lo lejos, en medio de un paisaje estepario, una caravana de gente que avanzaba por el camino de tierra.
Al acercarse más se dio cuenta de que eran los titiriteros que había visto en la plaza, en Verger Fleurí.
—Eh, hola. ¿A dónde vais? —gritó, asomándose a la ventanilla.
Al oírle, algunos se volvieron y le saludaron, sonrientes. Con ellos iba una de las gitanitas de pelo negro, montada sobre un pony, que le hizo un gesto con la mano y esbozó una leve sonrisa.
El tren les adelantó y se perdieron a lo lejos. Después comenzó a avanzar por una sucesión de valles, montañas y desierto que parecían no tener fin.
Después atravesaron una zona de bosque espeso y Gora creyó escuchar un lamento profundo, lejano, como producido por algún animal gigantesco.
Tras esto aparecieron unas montañas muy altas, con las cumbres nevadas, y la ruinas de una vieja ciudad en un altozano próximo.
El tren aminoró su marcha y el revisor apareció de nuevo junto a la puerta del departamento.
Estamos llegando a la estación de Última. Usted debería bajarse aquí —anunció, desapareciendo de nuevo antes de que Gora pudiera preguntarle nada.
El tren se detuvo de forma brusca junto a un barranco. Gora miró por la ventanilla del departamento y pudo ver un pequeño andén limitado por un muro de piedra. Al final del mismo había un edificio de piedra con un enorme tejado de pizarra y un letrero en forma de enseña, encima de un arco de medio punto, en el que se podía leer el nombre de aquel lugar: “Última”, escrito en caracteres cirílicos.
Después de unos momentos de duda cogió su maleta y salió al andén. La única salida era una estrecha hendidura en el muro. Echó un vistazo a través de ella y vio unos escalones de piedra muy toscos y, un poco más arriba, un camino de tierra que serpenteaba hasta una zona alta. Más allá se veían las sombras de unos muros derruidos.
Volvió sobre sus pasos y fijó la vista en el edificio de piedra. Se acercó a una de las puertas y pudo ver a través de los cristales una sala vacía, con el suelo cubierto de polvo y algunas sillas tiradas por las esquinas.
Después de un rato contempló de nuevo el tren, silencioso, en medio de la vía. Intentó entrar de nuevo en su vagón pero las puertas estaban firmemente cerradas. Lo intentó en varias, sin resultado, y empezó a gritar:
—¡Revisor, revisor!
Pero nadie le contestó. Fue hasta la parte delantera del convoy y comprobó que la puerta de la locomotora estaba también cerrada. Unos metros más allá la vía terminaba en unos pivotes de hierro que hacían las veces de topes. Tras ellos se elevaba de nuevo el muro que cerraba toda la estación, y lo mismo por la otra parte.
Volvió sobre sus pasos y se sentó, desesperado, en uno de los bancos del andén. La única opción era salir por la pequeña apertura en el muro.
Estaba anocheciendo, así que tomó su maleta y salió fuera de la estación. Después de subir los toscos escalones se encontró con un camino de tierra que subía hasta una zona desde donde se podía ver toda la estación y el largo convoy del tren detenido allí, en medio de un paisaje salvaje, sin signos de vida, al borde de una hondonada profusamente poblada de árboles, en lo que parecía el cauce de un río de montaña.
Unos metros más arriba vio que el camino se bifurcaba. A su derecha vio una construcción de piedra, intensamente derruida, pero que dejaba ver una puerta de arco entre dos torreones semicirculares.
Se acercó a ella y vio que del otro lado había las ruinas de una ciudad antigua, con sus calles completamente destrozadas y algunos restos de edificios cubiertos de maleza.
Una fuerte sensación de malestar le hizo retroceder de nuevo y buscar la otra bifurcación del camino.
Desde allí se dirigió hacia una zona llana y pudo ver una sólida masa de árboles iluminada por los últimos rayos de sol.
Junto a los árboles vio a un grupo de niños, que jugaban sentados sobre la hierba. Llevaban unos extraños vestidos largos con capucha y sus rostros, en medio de la oscuridad, apenas se podían percibir.
Gora se acercó a ellos y trató de hablarles, pero su idioma era absolutamente incomprensible. Uno de ellos, que parecía mayor, se acercó y le cogió de la mano. Entraron en el bosque y, en un  pequeño claro, vieron varias casas de madera con las ventanas abiertas y de cuyo interior salía una tenue claridad.
Todas las casas tenían la misma forma. Eran alargadas y estaban suspendidas sobre pivotes, con un pequeño porche en su parte delantera. Los tejados eran de paja y tenían pequeñas chimeneas metálicas que asomaban por uno de los lados.
El niño se detuvo finalmente junto a una de ellas. Señaló en su interior y dijo algo. De repente alguien apareció en la puerta. Eran una mujer y un hombre, vestidos con túnicas de lana de diversos colores y unos gorros de extraña factura.
Cuando estuvo dentro, Gora vio que había otra mujer sentada en una de las esquinas de un despejado compartimento. Tras muchos vanos intentos Gora consiguió averiguar que el hombre se llamaba Aroidi y las dos mujeres Remáai y Doroía. El niño parecía llamarse Elgoog.
Aquel fue el inicio de la larga estancia de Gora con la tribu de los Titiriteros. Pronto comenzó a hablar como ellos y a identificar todas las cosas que había a su alrededor.
Casi todas las mañana salían para recorrer los alrededores. Tenían rebaños de cabras y corderos y también muchos ánades, gallinas y conejos. Recogían frutos de los árboles y también bajaban a pescar al río que había un poco más abajo de la estación.
Algunos de los otros habitantes de la aldea tenían también extraños nombres y costumbres aún más extrañas. Uno de ellos era el Hombre árbol, que se sentaba a meditar en lo alto de una roca y cuya piel había adquirido la extraña apariencia de la corteza de un árbol. Otro era el Hombre-seta, que leía unos manoseados libracos de política internacional. También estaban el Obispo, un tipo con el pelo largo y muy rizado, que preconizaba el amor libre y el culto al sol y a las estrellas, o el Mochuelo, que tocaba una vieja guitarra llena de remiendos y pegatinas. Después estaba una mujer que vivía solo, a la que llamaban la Gallinita, y el Vendedor de Arenques, con una vivienda de dos pisos, que soñaba con ser cantante de rock.
Durante todo el tiempo que estuvo con ellos el tren permaneció inmóvil en el mismo sitio. Gora bajaba de cuando en cuando a observarlo y comprobaba que las puertas permanecían cerradas y que no había nadie en su interior. 
También solían ir a las ruinas  de la vieja ciudad. La mayoría de las casas estaban completamente en ruina, sin nada más que los restos de las paredes interiores y algunos postigos de ventanas colgando de sus goznes. En una de aquellas ruinas, en una cabaña hecha con ramas y hojas secas, vivía el miembro más insigne de la tribu, el viejo Losanrot. Al parecer era el último descendiente de un niño que había nacido al norte, fruto de la unión de un miembro de la tribu con una misteriosa mujer. El niño había sido abandonado por su madre y entregado a los miembros de la tribu, que le pusieron de nombre Panchito y lo cuidaron hasta que se hizo mayor. Con el tiempo, Panchito llegó a ser jefe de la tribu y tuvo un hijo, que se llamó Ouriman, y este a su vez tuvo otro hijo que se llamó Ernovi, y los dos fueron jefes de la tribu sucesivamente, hasta que se asentaron al pie de la ciudad. Entonces la jefatura pasó al  viejo Losanrot.
Pasó el tiempo y un día, de forma sorprendente, Gora escuchó desde el interior de la cabaña el silbido del tren, allá abajo, en la estación. Se levantó, apresurado, y miró a su alrededor. Elgoog entró en la casa, con el rostro encendido y dijo:
—Es por ti, te llaman para que vayas.
Sin tiempo para pensar cogió su maleta, metió en ella sus pocas pertenencias y salió a toda prisa, vestido aún como un titiritero, sujetando su gorro de ala ancha y haciendo volar los flecos de su amplio camisón de tela roja y verde, bordada con ramas y flores amarillas. Pasó al lado de Aroidi, que le sonrió con un gesto amistoso, y emprendió el camino hacia la estación dando grandes saltos por entre las piedras.
Llegó a la estación cuando el tren emprendía la marcha. Se abalanzó sobre una de las puertas y vio que esta se abría. Sin pensárselo dos veces se metió en su interior y buscó de nuevo el mismo departamento en donde había venido.
El tren comenzó entonces a hacer el mismo recorrido, pero en sentido inverso, y no tardó en aparecer también el mismo revisor, que me pidió el billete con el mismo tono que la vez anterior. Entonces Gora se dio cuenta de que el billete debía estar en el bolsillo de la chaqueta y que no la llevaba puesta. Miró en el interior de la maleta y lo encontró por fin, en el mismo lugar donde lo había dejado. Se lo alargó al revisor, con un suspiro de alivio, y vio como este le hacía una muesca con un pequeño taladrador que llevaba en la mano. Estuvo a punto de preguntarle donde se había metido durante todo aquel tiempo, pero se contuvo y solamente dijo: “Adiós, querido amigo” cuando ya estaba lejos y no podía oírle.
El viaje comenzó su largo discurrir en medio de la monotonía de los paisajes ya conocidos. Pasaron junto a las montañas con las cumbres nevadas. De una de aquellas, la más alta, vio cómo se elevaba una columna de humo blanco que giraba en espiral y se extendía por el cielo cubriendo casi todo el espacio visible.
Unas horas más tarde el tren comenzó a ralentizar la marcha. Atravesaban una zona de bosque y todo estaba extrañamente silencioso. Gora creyó ver algo que se movía entre la espesura. También se escuchaban unos sonidos inquietantes, que parecían alternarse con largos períodos de silencio absoluto.
Presa de un súbito temor, Gora se encerró en el departamento, aseguró la ventanilla y corrió las cortinas. Se tumbó en la oscuridad sobre el desgastado asiento y cerró los ojos. Al cabo de unos minutos el tren se detuvo, crujió todo a lo largo de sus numerosos vagones, y se hizo de nuevo el silencio.
Después de un rato se escuchó el silbido de la locomotora, seguido de unos golpes secos. El tren comenzó a moverse de nuevo, pero a empellones, adelante y atrás, hasta que al fin reanudó la marcha.
Gora permaneció tumbado sobre el asiento, mirando al techo, hasta que unos ruidos espantosos hicieron que su corazón comenzase a latir apresuradamente. El tren también comenzó a acelerar la marcha. De repente, unos gruñidos terroríficos que parecían venir de todas partes inundaron el espacio y el tren comenzó a oscilar peligrosamente.
Gora se levantó y escuchó unos golpes secos, continuados, en el techo. Algo de enorme tamaño se arrastraba junto al tren, al tiempo que chillaba y lanzaba poderosos empellones contra los vagones. Se acercó a la ventanilla y asomó la cabeza por entre las cortinas para ver lo que pasaba fuera. Fue entonces cuando vio a unos cerdos gigantescos, de color gris y largo pelaje, que se encontraban por todas partes, entre los árboles. Atacaban los vagones del tren con una energía desmedida, derribando los árboles cercanos y arrojándolos contra el tren. Retrocedían y volvían a la carga de forma organizada entre la espesura, con una insistencia y determinación casi humanas.
Pasaron algunos minutos, hasta que los ataques comenzaron a espaciarse. La luz del exterior se colaba por las rendijas de las  cortinas. Gora recuperó la calma, se asomó a la ventanilla y comprobó que habían dejado atrás el bosque. Después salió del departamento y comprobó los numerosos desperfectos que se había producido en el vagón. El techo estaba completamente abollado y algunas ventanillas habían sido arrancadas de su lugar por los zarpazos de aquellas bestias. También el espacio que separaba un vagón de otro había sido completamente aplastado y ya no se podía seguir hacia adelante.  
Después el viaje continuó y comenzó a echarse encima la noche. Mientras lo hacían Gora contempló unas extrañas prominencias que se movían a lo lejos. Al acercarse vio que eran oleadas de insectos que cruzaban por encima de las vías. Al pasar sobre ellos las ruedas del tren los aplastaban a miles, en medio de un hedor insoportable.
Después empezaron a aparecer las luces de una ciudad. Sobre las copas de los árboles, en el tendido eléctrico y en lo alto de las casas había multitud de pájaros negros, haciendo un ruido intenso y continuado.
Casi inmediatamente el tren se introdujo en un túnel y poco después apareció bajo una bóveda de hierro, donde también había una multitud de aves de color negro, que ocupaban todos los espacios disponibles y se detuvo en uno de los andenes. 
En una de las paredes, bajo un gran reloj de color blanco, había un letrero con el nombre del lugar: Ravenport, esta vez en letras latinas. Entonces apareció el revisor por el pasillo. Miró hacia el interior del departamento y dijo:
—Nos detendremos aquí toda la noche. El tren saldrá de nuevo a las seis en punto de la mañana.
Después desapareció de nuevo.
Gora se bajó por la parte contraria del vagón. Cuando puso el pie en la superficie del andén comprobó que casi todos los vagones estaban muy dañados. La locomotora, sin embargo, estaba aún en buenas condiciones. No vio a ningún otro humano, pero los pájaros volaban por todo el recinto lanzando unos graznidos bastantes desagradables.
Se acercó a uno de los bancos y echó a manotazos a algunos cuervos que lo habían ocupado. Después de limpiar las deposiciones que habían quedado sobre su superficie se sentó y contempló el extraño lugar.
Al cabo de un rato un muchacho de unos dieciocho o veinte años apareció por el andén. Llevaba una mochila a la espalda y un bastón de aluminio en la mano. Se acercó a Gora, contempló los magullados vagones con curiosidad y preguntó:
¿De dónde viene este tren?
Gora se encogió de hombros, sin saber que responder.
Me llamo Anselmo —dijo el joven, tendiéndole la mano. Acabo de llegar a la isla en un barco mercante de la compañía Moysi.
Una isla ¿Qué isla?… —preguntó Gora, extrañado.
En la isla de Crisoelephantine —dijo Anselmo—. La isla donde el oro corre como el polvo y el marfil se encuentra en los dientes de las alimañas.
—Yo no he visto oro, ni marfil. Solo he estado con una tribu de nómadas, en medio de las montañas —dijo Gora.
—Yo he venido en viaje de negocios —dijo Anselmo, ofreciéndole a Gora una tableta de chocolate—. La compañía quiere que establezcamos aquí una oficina.
Gora rechazó el chocolate y Anselmo se lo guardó de nuevo en la mochila.
Ya nos miraremos. Tengo que ir a la ciudad —dijo, levantándose y haciéndole un gesto de despedida.
Gora lo vio salir de la estación y se tendió en el banco, apoyando la cabeza sobre la maleta.
Le despertó el fuerte silbido de la locomotora. De repente se había hecho de día y el tren parecía estar a punto de salir. Fue rápidamente hasta su vagón, subió por la única entrada disponible y se acomodó de nuevo en su departamento.
El tren salió de la estación marcha atrás y cruzó de nuevo el túnel por donde habían entrado. Después empezó a aumentar su velocidad y continuó así durante todo el trayecto.
Gora comprobó que pasaban de nuevo por aquellos largos túneles que tanto le habían preocupado. Después se dio cuenta de que el cielo no era tan oscuro, ni tenía aquel tono verdoso al que ya se había acostumbrado y vio cómo el sol se ocultaba detrás de las colinas. De repente vio aparecer en medio de la noche los suaves destellos de la luna sobre la superficie del mar, aquel mismo mar que había visto al inicio del viaje. Entonces vio la playa de Verger Fleurí, vio los aledaños de la estación y comprobó que las nubes de tormenta se habían ido y que el vagón se detenía de nuevo frente al mismo reloj que había visto al partir. Sus agujas marcaban las nueve y cuarto.
Debajo mismo estaba el tío Ludwig, consultando su propio reloj con gesto preocupado. Gora le hizo una seña y tío Ludwig se acercó enseguida.
—¿Qué has hecho, donde has estado? —preguntó, contemplando el estrafalario vestido de su sobrino ——¿Y de donde has sacado esa ropa?
No lo sé, he hecho un largo viaje. He estado en una isla —dijo Gora, mientras bajaba del tren —La ropa me la regaló Aroidi, de la tribu de los Titiriteros. Ellos se visten así.
—¿Qué isla? —preguntó tío Ludwig.
La isla de Crisoelephantine —dijo Gora, recordando las palabras de Anselmo.
o Ludwig contempló a su sobrino con ojos llorosos y, después de unos segundos, le abrazó.
Bueno, no importa. El peligro ha pasado. Ya puedes volver a casa —dijo.´
Después de aquello no volvieron a hablar del viaje, ni del extraño personaje que había llegado en barco, pero el comportamiento de ambos, y de Agnes en la casa, no volvió a ser el mismo. Las máquinas que Gora había encontrado junto al garaje habían desaparecido, al igual que todos los objetos que habían pertenecido a sus padres. Un profundo silencio se instaló en la casa.  
Gora no volvió a ver a sus primos, Friedrich, Annette, Klara y Willem, y poco después fue ingresado en una institución mental de Sanandrés, de donde no saldría hasta el verano siguiente.
Y fue así como comenzaron las siete agonías, o los siete cielos, de Gora Vorontsov.

FIN