NVSCVDC. Capítulo 1

NUBES VAGANTES SON CORTINAS

VAGAS DEL CIELO

por: Básil Gianaclis

Capítulo 1

El primer cielo, o como Gora Vorontsov llega a Verjel Florido.

“El primer cel és inventat:
el primer gran invent de la terrestritat”.


Gora Vorontsov ha sido, y aún es, un personaje trágico, extraño y a ratos divertido, que habita en otra región del tiempo, en un lugar diferente del universo, donde las cosas no son tal y como creemos, y ni tan siquiera tal y como las vemos.
Gora Vorontsov nació en un tiempo que aún no ha sido, en el año 2183, un 14 de abril, en casa de Balthazar Leidner, en la isla de Naxos. Sus padres fueron Semión Vorontsov y Bárbara Klossowski, que murieron unos años después, en circunstancias trágicas, de las que el propio Gora se salvó de manera milagrosa.
Como consecuencia de aquello Gora pasó a vivir con su tío y padrino, Ludwig von Büllow, en Sanandrés, en la costa norte de España.
Allí pasó unos doce o trece años, hasta que un día, cuando acababa de cumplir los dieciocho,  su tío lo llamó a su despacho, le puso un montón de folios encima de la mesa y le dijo:
—Querido sobrino, desde ahora quedas en completa y total posesión de tus bienes —Hizo una leve pausa y señaló uno de los legajos, que tenía una subcarpeta de color crema—. De todos estos quizá el que más te satisfaga sea la casa de Verjel Florido, que he mandado reconstruir para ti y que se encuentra en un estado muy similar al que tenía antes del terrible incendio. Si quieres, este verano puedes viajar a ella y comenzar a hacer planes para el futuro.
Gora Vorontsov se había convertido con el tiempo en un joven de mediana estatura, ni muy fuerte ni muy delgado, más parecido a su madre que a su padre. Tenía el pelo negro y el rostro ligeramente ovalado. Se había dejado barba para disimular la leve disimetría en la parte derecha del rostro y el pelo largo para tapar la oreja, que estaba desplazada hacia atrás con respecto a la izquierda. En cuanto a su ojo, un poco más saltón de lo corriente, lo disimulaba con unas gafas negras, que solía llevar casi en todo momento.
A su llegada a la estación de tren de Verjel Florido tuvo que pedir un taxi. No tenía ni la menor idea de donde se encontraba su casa.
En aquel vehículo recorrió la fachada marítima del pueblo, una larga avenida orlada de palmeras, con algunas casas de dos o tres pisos frente al mar, con un río que desembocaba en la playa y con una desmadejada iglesia junto al puerto, en un leve altozano, rodeada de casas con soportales y con estrechas callejuelas que subían hacia el interior, donde se encontraba la solitaria urbanización que había construido su abuelo.
Al final de la misma, en la parte más alta, estaba la casa, protegida por un alto muro de adobe y un umbroso bosque de pinos.
En ella se encontró con un ama de llaves, Agnes, que le hacía la comida y cuidaba de la casa, y un jardinero llamado Jacques, que venía uno o dos días por semana.
Los primeros días el joven Gora pasó la mayor parte del tiempo reconociendo los alrededores y bajando a bañarse a la playa, donde comenzó a reconocer algunas caras que se cruzaban con él por las calles. El tío Ludwig solía llamar una vez por semana. El timbre del teléfono resonaba en el espacioso salón, junto a unos sofás rojos de aspecto demasiado llamativo.
Desde la casa se veía un largo acantilado hacia el norte y una parte de las casas de las afueras del pueblo. En el jardín, junto a un pretil de piedra había una mesa metálica y varias sillas de color blanco. Por la parte de atrás había un pequeño estanque rectangular y una zona despejada, que daba a la casa del vecino, un tal Ricardo el Bolchevique, que había conocido a sus padres y que había sido testigo del pavoroso incendio que acabó con sus vidas.
La habitación de Gora era la principal de la casa. Estaba sobre un torreón, en la parte más alta y desde ella se podía ver una gran extensión de costa, hasta punta Bergantín y el Cabo Norfeu.
No se sabe en qué momento pero no debió ser mucho más allá de una semana o dos después de su llegada cuando descubrió una habitación junto al garaje, una habitación donde el tío Ludwig había almacenado los cacharros y el resto de enseres personales de los padres de Gora que se habían salvado del incendio.
Entre estos, guardados en fuertes cajas de madera, había algunos aparatos que el padre de Gora, Semión, utilizaba en una de sus más conocidas aficiones, la física recreativa, que le mantenía entretenido viajando y asistiendo a congresos la mayor parte del año.
Uno de ellos era una estación de ondas de radio. Otros eran algunos aparatos cuya función Gora desconocía y que estaban en la mayor parte de los casos chamuscados o seriamente deteriorados a causa del incendio. El joven intentó poner la emisora en funcionamiento enchufándola a la corriente y accionando los mandos del panel frontal, pero sin resultados.
Sin darse cuenta dejó el aparato enchufado y en los días que siguieron comenzó a lanzar pequeños destellos y a hacer ruidos que pasaron desapercibidos para los habitantes de la casa.
Se cree que fue también por esa época cuando Gora comenzó a sentir unos fuertes dolores de cabeza, acompañados de un molesto zumbido en los oídos, de los que el tío Ludwig da cuenta en sus cuadernos de notas.
Fue entonces, en una de aquellas tardes a finales de julio, cuando aparecieron por la plaza de la iglesia un grupo de saltimbanquis que presentaban un extravagante espectáculo con canciones, números de magia y algunas escenificaciones esperpénticas, de origen desconocido.
Gora solía acudir a observarlos algunas tardes, casi al anochecer. Era un grupo formado por seis o siete miembros. El mayor de ellos era un tipo gordo, vestido con un sucio traje malva, que hacía sonar una flauta y saltaba por entre los espectadores con una sorprendente agilidad, agitando unos cascabeles que llevaba colgados de la cintura. Con él había también dos muchachas. Una de ellas tocaba un violín y la otra movía unas frágiles marionetas encima de una maleta de cartón. Esta última no tenía más de quince o dieciséis años. Sobre su frente caían unos rizados mechones de pelo negro.
Las dos chicas parecían hermanas, una mayor que la otra, con las narices respingonas, las mejillas llenas de pecas y unos labios finos, apenas delineados.
En un determinado momento Gora vio que la más joven le estaba observando y por un instante sintió un extraño vértigo, un cosquilleo que le recorrió la columna vertebral entera y acabó en lo alto de su cabeza, haciéndole sentir como una antena de radio, capaz de ver la verdadera dimensión del tiempo y el espacio, capaz también de contemplarse a sí mismo desde fuera, como si se estuviera grabando con una cámara de vídeo.
Casi un mes después el tío Ludwig anunció que no tardaría en aparecer por allí con su familia, su mujer, Anne, y sus cuatro hijos, Friedrich, Annette, Klara y Whillem.
Pero entonces los acontecimientos comenzaron a precipitarse. Un día Gora comenzó a aparecer en la casa con la mochila que llevaba a la playa llena de arena. Llegaba hasta la parte de atrás de la casa y comenzaba a verter aquella arena en el estanque con aspecto muy serio y concentrado. Al poco tiempo la arena comenzó a asomar sobre la superficie del agua, formando una especie de isla que comenzó a tomar forma, con una montaña muy alta en el medio, con sus accidentes geográficos, sus cabos y sus golfos, al modo de una isla real. Después comenzó a añadirle detalles, piedrecitas y pequeñas ramas que parecían señalar hitos de origen desconocido. También tenía un extenso lago en uno de los lados y una vasta región teñida con un pigmento amarillo que había comprado en un almacén del pueblo.
Cuando Jacques vio aquello protestó ante Agnes, pero ella no sabía qué hacer, así que le dijo al jardinero que no tocase nada.
Gora se pasaba las horas muertas contemplando aquella isla y muchas noches se levantaba de la cama para contemplarla, a la luz de la luna, desde el balcón de su dormitorio.
Un día descubrieron que la emisora de radio estaba encendida y emitía unas voces en un idioma que nadie entendía y otro día el joven se cayó por unos acantilados cerca del pueblo, al anochecer. Lo rescataron unos pescadores a la mañana siguiente y estuvo varios días ingresado en el hospital comarcal.
Al despertar contó una confusa historia en la que decía haber estado caminando bajo el mar y haber entablado amistad con algunas personas que no era capaz de describir.
Tío Ludwig tomó un avión desde Sanandrés y se presentó en Verjel Florido a toda prisa. Escuchó toda esta historia de labios de Agnes y pasó un tiempo hablando con su sobrino, junto a la cama del hospital. Después fue hasta la casa y vio la isla en el estanque y la emisora de radio en la habitación del garaje.
Con rabia desconectó el aparato de la corriente y mandó a Jacques limpiar y despejar el estanque.
Unos días después, ya en la casa, al caer la tarde Gora y tío Ludwig descansaban bajo los pinos, junto al pretil de piedra desde el que se podía contemplar el mar, cuando de repente  este último vio algo en el horizonte que le hizo levantarse como un resorte.
En el horizonte, entre la niebla que comenzaba a formarse sobre la superficie, se veía un barco de vela que se dirigía hacia Verjel Florido, proveniente de la costa francesa. Con toda celeridad Ludwig subió a lo alto del torreón y comenzó a escudriñar el mar con un telescopio que había en la habitación de Gora. Lo que pudo observar era que se trataba de un velero blanco, de unos dieciséis metros de eslora, con un escarabajo dorado grabado en una de las velas, y con dos personas a bordo, una de ellas una mujer.
—Son Balthazar y su hija Sarah —musitó, apretando los dientes.
—¿Y esos, quien son? —preguntó Gora, desconcertado.
—Balthazar era un amigo de tu padre —dijo Ludwig—. Es mejor que te mantengas alejado de él, es un hombre peligroso, y solo quiere hacerte daño.
Gora lo miró sin entender nada de lo que estaba pasando y lo siguió por toda la casa, mientras él comenzaba a meter algunos enseres de su sobrino en una maleta. Después cogió una chaqueta negra del recibidor y se la puso encima.
—Necesitarás esto —dijo, sin dejar de actuar—, y esto, y esto —añadió cogiendo una navaja de la cocina.
Después llamó a un taxi y estuvo un rato esperando a la puerta, hasta que lo vio llegar. Curiosamente, era el mismo taxista que había traido a Gora el primer día.
—A la estación de tren, por favor, a toda prisa —dijo, mirando el reloj.
Al llegar a la estación se bajaron y accedieron al andén. Ludwig miró el reloj y vio que marcaba las siete y veinte.
—Está a punto de llegar el tren de las 20 horas. Debes tomarlo —le explicó a Gora—. Ahora voy a comprar el billete. Toma este dinero por si te hace falta —añadió, metiéndole un fajo de billetes en un bolsillo del pantalón—. No debes bajarte hasta que llegues a la última estación. Una vez allí debes buscar al jefe de estación, él te dirá lo que debes hacer ¿Me has entendido?
—Sí, pero lo que no sé es porqué debo hacer todo esto —dijo Gora, con expresión de enfado—. Yo no le he hecho nada a ese señor.
—Ahora no te lo puedo contar —le explicó Ludwig, con expresión angustiada—, pero algún día conocerás cuanta maldad hay en este hombre. De momento ten por seguro que tiene intención de hacer de ti un pelele, una marioneta a su antojo. Durante todo este tiempo he tratado de que no te localizase, pero por alguna razón ha conseguido averiguar que estabas aquí, y ahora es necesario conseguir que no te vea, que permanezcas fuera de su alcance.
Tío Ludwig fue hasta el interior de la estación y compró un billete. Después volvió junto a su sobrino y se sentó con él a esperar en en uno de los bancos del andén.
Le entregó un billete de cartón escrito con caracteres borrosos, con un agujero en el centro.
—Consérvalo siempre contigo, es un billete de ida y vuelta —le dijo—. El revisor solo debe ticarlo en cada uno de los viajes. Recuerda todo lo que te dije.
Tío Ludwig cogió a Gora de los hombros, lo levantó del asiento y le dio un largo abrazo.
—Ahora tengo que irme —añadió—. Debe estar a punto de llegar a puerto.
Acto seguido recorrió el andén a grandes zancadas y desapareció por una de las puertas de la estación.
Era una tarde calurosa de verano y había un silencio turbador en el aire. El andén estaba vacío, sumido en una quietud irreal. Pronto comenzaron a amontonarse nubes oscuras en el cielo. Gora observó el reloj de esfera que había pegado a la pared del edificio: eran las siete y veintiseis de la tarde. Lanzó un largo bostezo y cerró los ojos por un momento. De repente un trueno le hizo volver a la realidad. Estaba tumbado en el banco, con la cabeza apoyada en la maleta. Afuera del andén llovía con una fuerza y una intensidad desconocida.
El cielo estaba completamente oscuro. Gora escuchó un agudo silbido y vio que había dos o tres personas en el andén, moviéndose con nerviosismo. En el reloj de la pared marcaban las ocho en punto.
De pronto un haz de luz apareció en la lejanía, moviéndose con exagerada parsimonia. Era un tren, que estaba a punto de llegar.
Gora se levantó y cogió la maleta que estaba en el banco. Se palpó uno de los bolsillos y comprobó que el dinero estaba aún allí.
Una locomotora verde pasó frente a él con un ruido atronador. Después comenzaron a desfilar una cantidad enorme de vagones, algunos cerrados, otros con ventanas, otros de color azul y así indefinidamente. Hubo un momento en que Gora creyó que no iba a parar, pero un ruido aún más ensordecedor de frenos comenzó a recorrer todo el convoy. Con un brusco movimiento los vagones se detuvieron y se oyó el silbato del jefe de estación.
—Pasajeros al tren —dijo una voz lejana.
Gora observó que en los vagones que tenía frente a sí había dos grandes equis de color plateado. Se preguntó si sería aquel el tren al que se había referido tío Ludwig. No tenía ninguna indicación de destino, ni parecía llevar pasajero alguno en su interior. Pero, de pronto, creyó oir voces en el interior de la estación y movido por un impulso irresistible, recordando las advertencias de su tío, se subió al que tenía más cerca. Mientras lo hacía observó como aquellas otras personas que esperaban en el andén, cuyas figuras no podía describir muy claramente, se subían también en diferentes vagones.  
Una vez dentro pudo ver que había una pequeña plataforma que comunicaba los distintos vagones y un pasillo que daba acceso a los departamentos. Se dirigió a uno de ellos, que estaba vacío, y después al siguiente. Todos estaban vacíos.
Finalmente se acomodó en el primero y dejó la maleta sobre los asientos de terciopelo rojo, con un dibujo muy anticuado.  Después de un rato vio como el tren se ponía en marcha y las ventanas de la estación desfilaban lentamente por delante suya. Después vio alejarse el pueblo y observó las lejanas luces de la urbanización donde vivía en lo alto de la colina. Pensó en tío Ludwig y se lo imaginó peleando con aquel tipo, Balthazar Leidner, en los muelles del pueblo, o tal vez en la casa. Pero lo que más ocupaba su imaginación en aquel momento era el aspecto de aquella chica que apenas había logrado entrever a través del telescopio, Sarah Leidner.
Después de algunos minutos decidió salir del departamento y buscar a algún otro pasajero. Tenía curiosidad por saber no solo a dónde iban sino también las razones por las que habían emprendido aquel viaje.
Sin embargo no se encontró con ninguno. Recorrió más de doce vagones en una dirección y luego en la contraria. Observó cómo desde el último vagón las vías se iban alejando poco a poco, mientras se adentraba en un paisaje desolado, casi sin ningún signo de civilización.  
Su corazón comenzó a latir aceleradamente y después de un momento de pánico echó a correr hacia su departamento, pensando que tal vez sus cosas podían haber desaparecido del mismo modo.

Fue en medio de esta carrera cuando se tropezó con un hombre alto, de aspecto adusto, vestido con un uniforme y un quepis de color oscuro. 

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