Verger Fleurí

Verger Fleurí

“El primer cel és inventat:
el primer gran invent de la terrestritat”.

Gora Vorontsov de joven

De todas las extrañas historias que he oído alguna vez la más singular, y la más difícil de creer, es la del joven Gora Vorontsov, nacido en Naxos, el 14 de abril del año 2184.
La fecha, aunque discutible, es bastante aproximada. Piensen que todo esto ha sucedido  en un lugar muy distinto al que ustedes conocen, y en un tiempo no menos distinto, semejante al que tiene lugar en China o en los países musulmanes, o en el Tibet, donde cuentan el tiempo de forma no menos diferente.
Esta otra forma de medir el tiempo tuvo su origen en la isla de Crisoelephantine, situada en medio del Océano Atlántico. Una isla sumergida y oculta a la mirada de los seres humanos. La única manera de acceder a ella era colocándose en posición invertida con relación a la superficie del mar, sufriendo algún naufragio o, también, atravesando un puente en un lugar de la costa occidental europea, un lugar que muy pocos conocían. Sobre aquel puente discurría una vía de tren que tenía su punto de origen en algunos lugares del mundo; uno de ellos era un pueblecito llamado Verger Fleurí, en la costa de occidental del Mediterráneo.
A este pequeño pueblo había llegado Gora, un joven de unos diecisiete años de edad, huérfano y un tanto desdichado, con una desagradable malformación en la cara, una tarde de junio, en el único tren que comunicaba este pueblo con Sanandrés, la ciudad donde vivía con su tío y tutor, Ludwig von Büllow.
El joven Gora había tenido una vida desdichada. La malformación había sido fruto de un accidentado nacimiento, en casa de un médico llamado Balthazar Leidner. Poco después sus padres murieron en un incendio en un chalet de su propiedad, en aquella misma población de Verger Fleurí, y su tío, Ludwig von Büllow, que había ejercido de padrino en su bautizo, en la isla de Naxos, había tenido que hacerse cargo de él.
Al cumplir los diecisiete años su tío había decidido mandar reconstruir el chalet, siguiendo los planos originales de un célebre arquitecto norteamericano, con intención de que pasase allí el verano y comenzase a hacer planes para su vida adulta.
El chalet tenía un cierto aire de pagoda. Estaba formado por varios torreones con amplios aleros y algunos espacios dispuestos entre ellos,  a diferentes alturas. Sobre los enormes ventanales de cristal destacaban las gruesas vigas de madera, que  formaban amplias terrazas y pasillos, comunicados entre sí por tramos de escaleras de ladrillo.
El jardín, a su vez, era un espacio irregular, como el terreno que lo albergaba. La casa estaba en lo alto, pegada al muro que separaba la finca del camino. Después había un oscuro bosque de pinos altísimos, que ocupaba casi todo el terreno, rodeado por un alto muro de adobe. Por la parte este el jardín terminaba en un muro bajo que dejaba ver un pequeño acantilado y una larga zona de costa, hasta las estribaciones del cap Norfeu. Por el otro lado, la entrada de la finca era un enorme portón de madera, también muy oscura, que había que abrir haciendo girar un complicado mecanismo que se accionaba con una manivela. Para el acceso de las personas había, sin embargo, una pequeña puerta en medio de una de las batientes.
Al llegar a Verger Fleurí el joven Gora había tenido que pedir un taxi. Ya en la casa le recibió una mujer de mediana edad, con un vestido gris y el pelo recogido. Era Agnes, la mujer que tío Ludwig había contratado para hacerse cargo de las tareas de la casa.
Después de una somera visita a la casa Gora quedó instalado en la habitación que había sido de sus padres, en uno de los torreones que daban a la parte de atrás, con vistas al jardín y al mirador desde el que se podían contemplar los acantilados.
Las primeras semanas las pasó recorriendo los alrededores, bajando a la playa y deambulando por las calles del pueblo, que estaba lleno de veraneantes, fundamentalmente alemanes e ingleses.
Según Agnes, el joven Gora no llegó a conocer a nadie verdaderamente significativo aquel año y la mayor parte del tiempo la dedicó a hurgar en las cosas que habían quedado del incendio, que se habían amontonado en una habitación junto al garaje.
Parece ser que entre aquellas cosas había varias cajas con aparatos y algunos otros extraños artilugios que habían pertenecido a su padre, Semion Vorontsov, un ingeniero aficionado a la radiestesia y a la física recreativa.
Después de muchos esfuerzos Gora consiguió hacer funcionar alguno de aquellos aparatos y, según Agnes, uno de ellos parecía el más activo, lanzando extraños pitidos y ruidos durante el día y dejando en el aire un desagradable olor a quemado.
Tío Ludwig fue advertido de aquellos acontecimientos, pero había decidido dejar a su sobrino a su aire hasta bien entrado el mes de agosto, a fin de que se acostumbrase a sus nuevas circunstancias. Finalmente decidió emprender viaje a la costa de Gerona con su mujer y con sus cuatro hijos, Friedrich, Annette, Klara y Willem, con intención de ver cómo iban las cosas.
Al llegar se encontró a su sobrino completamente cambiado. Estaba ensimismado y no mostró ninguna emoción al ver a su tío y a sus primos. Según Agnes había pasado las últimas semanas quejándose de fuertes dolores de cabeza y de unos pitidos persistentes que no le dejaban dormir.
Tío Ludwig hizo una inspección por toda la casa. Al llegar a la habitación que había junto al garaje vio aquellos extraños aparatos y comenzó a desconectarlos.
Después de aquello Gora comenzó a mejorar y dijo que había dejado de escuchar aquellos desagradables pitidos.
Todo volvió a la normalidad pero un día, al volver de la playa con su primos, Gora vio a un grupo de titiriteros en la plaza.
Después de aquello volvió a verlos unas cuantas veces más. Una tarde se quedó atrás y se sentó en la plaza, contemplando el espectáculo.
Uno de aquellos titiriteros iba vestido completamente de malva, con un mono que le cubría casi todo el cuerpo. Tenía el pelo largo, rubio y espeso, y danzaba entre los espectadores con una especie de flauta de caña en las manos. A un lado había dos muchachas con aspecto de gitanas. Una tocaba el violín, la otra movía unas frágiles marionetas encima de una maleta de cartón. Esta última tenía no más de quince o dieciséis años. Sobre su frente caían unos rizados mechones de pelo negro.
Las dos chicas parecían hermanas, con las narices respingonas, las mejillas llenas de pecas y unos labios finos, apenas delineados.

Pasó algún tiempo y tío Ludwig se marchó de nuevo a Sanandrés, con su mujer y sus hijos. Gora debía preparar los exámenes de septiembre, que le permitirían acceder a la universidad, y se encerró en su habitación con una maleta llena de libros y algunas libretas de color granate, en las que iba transcribiendo con desesperante parsimonia los contenidos de aquellos libros.  Por las tardes solía acudir a una pasantía en el pueblo, en la academia de un señor llamado Enrique el rojo. 
Tío Ludwig

Un día, a primeros de septiembre, mientras las nubes de una poderosa tormenta se abalanzaban sobre las colinas y los bosques cercanos, Gora salió al jardín y contempló la reluciente superficie del mar desde el mirador.
En el horizonte se veía un barco que se acercaba a la costa, con las velas desplegadas. Gora subió a su habitación, donde había un gran telescopio, y lo dirigió hacia aquel lugar.
Las nubes giraban en lo alto y sobre la superficie del mar se formó una neblina opaca. Pese a todo pudo ver que se trataba de un velero de unos dieciséis metros de eslora, de color blanco, con un escarabajo dorado grabado en una de las velas y dos personas a bordo, una de ellas una mujer, que se batía con las cuerdas que se enredaban sobre la cubierta.
Por la tarde bajó al pueblo y, después de la pasantía, volvió de nuevo a la plaza a contemplar el espectáculo de los saltimbanquis. El hombre del mono malva parecía hacer los mismos movimientos pautados de siempre, con deliberada parsimonia, pero esta vez una de las dos hermanas, la que movía las marionetas sobre la maleta de cartón, pareció mirarle con insistencia, con sus enormes ojos negros.
Mientras se encontraba allí, paralizado por aquella visión, notó una mano sobre su hombro y antes de que pudiera hacer o decir algo, escuchó la voz enérgica de tío Ludwig:
—Levántate, tenemos que ir hasta la estación del tren —dijo, mientras le arrastraba fuera del círculo de espectadores.
—Pero, tío, ¿qué haces aquí? —repuso Gora, sin salir de su asombro.
—Ha pasado algo que pone tu vida en peligro —dijo tío Ludwig, mostrándole una maleta—. Te he puesto ropa, algo de comida y un cuchillo de supervivencia, por si tienes que utilizarlo.
Tío Ludwig lo cogió de la mano y lo llevó con él hasta la estación del tren, al final del pueblo. Al entrar en los andenes miró el reloj que había en la pared y vio que marcaba las siete y veinte.
—Está a punto de llegar el tren de las ocho. Debes tomarlo —le explicó—. Ahora voy a comprar el billete. Toma este dinero por si te hace falta —añadió, metiéndole un fajo de billetes en el bolsillo del pantalón—. No debes bajarte hasta que llegues al final del trayecto. Una vez allí debes buscar al jefe de estación, él te dirá lo que has de hacer ¿Me has entendido?
—Sí, pero lo que no sé es por qué debo hacer todo esto —dijo Gora.
—Hay una persona que ha venido a por ti desde el pasado —le explicó tío Ludwig—. Ha llegado esta mañana, en un barco, y se dirige hacia la casa.
—¿Un barco con un escarabajo dorado en las velas? —preguntó Gora.
—Sí —dijo tío Ludwig —¿Lo has visto?
—Lo he visto esta mañana, antes de la tormenta, con el telescopio de mi habitación —dijo Gora.
—Algún día conocerás cuanta maldad hay en ese hombre —dijo tío Ludwig —. Las máquinas que has puesto en funcionamiento, aquellas que había en el almacén junto al garaje, le han avisado de que estás vivo y ha venido para llevarte con él y convertirte en su esclavo.
—Pero ¿por qué? No lo entiendo —dijo Gora.
 —De momento es necesario conseguir que no te vea, que permanezcas fuera de su alcance —dijo tío Ludwig—. Cuando vuelvas de este viaje te lo explicaré todo.
Tío Ludwig fue hasta el interior de la estación y compró un billete. Después volvió junto a su sobrino y le entregó un billete de cartón escrito con caracteres borrosos, con un agujero en el centro.
—Consérvalo siempre contigo, es un billete de ida y vuelta —le dijo—. El revisor solo debe marcarlo en cada uno de los viajes. Y recuerda todo lo que te dije.
Tío Ludwig cogió a su sobrino de los hombros, lo levantó del asiento y le dio un largo abrazo.
—Ahora tengo que irme —añadió.
Acto seguido recorrió el andén a grandes pasos y desapareció por una de las puertas de la estación.
Era una tarde calurosa de verano y había un silencio turbador en el aire. El andén estaba vacío, sumido en una quietud irreal. Pronto comenzaron a amontonarse de nuevo nubes negras en el cielo. Gora observó el reloj de esfera que había en la pared: eran las siete y veintiséis. Lanzó un largo bostezo y cerró los ojos. De repente un trueno le hizo volver a la realidad. Estaba tumbado en el banco, con la cabeza apoyada en la maleta. Afuera del andén llovía con fuerza.
El cielo estaba completamente negro. Gora escuchó un agudo silbido y vio que había dos o tres personas en el andén, moviéndose con nerviosismo. En el reloj de la pared marcaban las ocho en punto.
De pronto un haz de luz apareció en la lejanía, moviéndose con exagerada parsimonia. Era un tren, que estaba a punto de llegar.
Gora se levantó y cogió la maleta que estaba en el banco. Se palpó uno de los bolsillos y comprobó que el dinero estaba aún allí.
Una locomotora verde pasó frente a él con un ruido atronador. Después comenzaron a desfilar una cantidad enorme de vagones, algunos cerrados, otros con ventanas, otros de color azul con letras doradas, y así sucesivamente.
Al cabo de un rato escuchó un intenso chirrido y vio como los vagones se detenían ante él en medio de un fuerte golpeteo. Sin pensárselo mucho se subió en un vagón que tenía dos enormes equis plateadas junto a la puerta y buscó un departamento donde acomodarse.
Al hacerlo comprobó que todo el vagón estaba vacío. Sin preocuparse demasiado por ello se metió en el primero de los departamentos y dejó la maleta sobre el portaequipajes, encima de su cabeza.
Miró por la ventanilla y comprobó que ya no había nadie en el andén. Pensó en su tío y se imaginó que estaría peleando con aquel hombre del barco en algún lugar próximo al chalet. Por un momento pensó que si ti Ludwig moría no le quedaría nadie en el mundo para defenderlo, pero aquello no se preocupó demasiado. Tenía todo el tiempo del mundo y un misterioso viaje por delante.
Al cabo de un rato el tren se puso en marcha de nuevo y Gora se sentó en uno de los viejos asientos de plástico. Afuera un oscuro paisaje iba desgranándose ante su mirada, viejas casas, pequeños faroles iluminando caminos, y el mar, con sus suaves destellos, al fondo.
Un par de horas después Gora comprobó que nadie más aparecía por allí, así que se dispuso a hacer una pequeña incursión por los otros vagones.
Primero fue en una dirección, pero no había ni un solo viajero. Llegó hasta la cola del tren y vio las vías que se alejaban a una velocidad endiablada. Después fue en la otra dirección y antes de llegar a su departamento se encontró con un hombre alto, de aspecto adusto, vestido con uniforme y un quepis de color oscuro.
—Su billete, por favor —dijo, con una voz extraña.
Gora metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y le entregó el billete de color marrón.
—Está bien —dijo el revisor, mientras se lo devolvía.
—¿A dónde va este tren? —le preguntó Gora.
Vamos a la ciudad de Última —respondió el revisor, enigmático.
Después de aquello Gora volvió a su departamento y se acomodó en el asiento, esperando que no faltase mucho para llegar a aquella misteriosa ciudad.
De repente el tren entró en una zona de túneles. Una serie contínua de ellos se fueron sucediendo en cuestión de minutos. El tren parecía avanzar cada vez más deprisa y ya era casi imposible reconocer el paisaje a través de las ventanillas.
Alarmado, Gora fue en busca del revisor. Esta vez se dirigió hacia la parte delantera del tren. Los dos primeros vagones estaban vacíos, pero de repente apareció en el vagón restaurante.
Tampoco allí había nadie. Dos tenues luces de emergencia iluminaban la estancia. Había una barra a la derecha, con unos sólidos taburetes de plástico plegados y una verja metálica que impedía el paso al interior. Desde allí se veía un pequeño compartimento cuadrado con una máquina del café y armarios metálicos. El resto del vagón estaba ocupado por una pequeña zona con mesas y sillones de plástico.
Gora continuó hasta el primer vagón, donde se encontró con una puerta cerrada que comunicaba con la locomotora.
Completamente angustiado regresó hasta su departamento y cerró las cortinas que daban al exterior. El tren se zarandeaba con fuerza a un lado y a otro y pensó que en cualquier momento podía descarrilar.
A pesar de ello se echó sobre el asiento y no tardó en cerrar los ojos y quedarse dormido.
Cuando despertó se dio cuenta de que el tren había aminorado mucho la marcha. Notó un ligero zumbido en la cabeza y vio como una ráfaga de luz se colaba a través de las cortinas.
Al descorrerlas vio un valle cubierto de niebla, con pequeñas arboledas por entre las que flotaban unos seres ligeros y veloces, como sombras, con forma vagamente humana, que se acercaban y volvían a desaparecer entre la bruma. Junto a la vía se veía un estrecho y sinuoso camino de tierra, que parecía acompañarles también.
Lo más extraño de todo era que el cielo era de color verde, más oscuro de lo habitual, y que estaba profusamente cargado de nubes.
Mientras el tren se movía lentamente Gora vio a lo lejos, en medio de un paisaje estepario, una caravana de gente que avanzaba por el camino de tierra.
Al acercarse más se dio cuenta de que eran los titiriteros que había visto en la plaza, en Verger Fleurí.
—Eh, hola. ¿A dónde vais? —gritó, asomándose a la ventanilla.
Al oírle, algunos se volvieron y le saludaron, sonrientes. Con ellos iba una de las gitanitas de pelo negro, montada sobre un pony, que le hizo un gesto con la mano y esbozó una leve sonrisa.
El tren les adelantó y se perdieron a lo lejos. Después comenzó a avanzar por una sucesión de valles, montañas y desiertos que parecían no tener fin.
Más tarde llegaron a una zona de bosque espeso y Gora creyó escuchar en su interior un lamento profundo, lejano, como producido por algún animal gigantesco.
Después el bosque desapareció y se encontraron en una llanura con unas montañas con las cumbres nevadas al fondo  y con la ruinas de una vieja ciudad en un altozano próximo.
El tren aminoró su marcha y el revisor apareció de nuevo junto a la puerta del departamento.
Estamos llegando a la estación de Última. Debería bajarse aquí —dijo, desapareciendo de nuevo antes de que Gora pudiera preguntarle nada.
El tren se detuvo de forma brusca junto a un terraplén. Gora miró del otro lado y vio un andén de una estación vacía, que limitaba con un muro de piedra. Unos metros más allá había un edificio de piedra con un tejado de pizarra y un letrero en la pared, en el que se podía leer el nombre de aquel lugar: “Última”.
Después de unos momentos de duda cogió su maleta y fue hasta la puerta del vagón. Bajó los dos peldaños y puso el pie en tierra. Anduvo unos cuantos pasos y comprobó que la única salida que había era una estrecha hendidura en el muro. Echó un vistazo a través de ella y vio unos escalones de piedra muy toscos y un camino de tierra que serpenteaba hasta una zona más alta. Más allá se veían las sombras de unos muros derruidos que asomaban entre la maleza.
Volvió sobre sus pasos y fijó la vista en el edificio de piedra. Se acordó de lo que había dicho su tío: “Has de buscar al jefe de estación, él te dirá lo que debes hacer”.
Se acercó al edificio, pero tenía todas las puertas y ventanas cerradas. Miró a través de los cristales de una de ellas y pudo ver una sala vacía, con el suelo cubierto de polvo y algunas sillas tiradas por las esquinas. Era evidente que no había nadie en su interior.
Después de un rato volvió de nuevo el tren. Intentó entrar de nuevo por una de las puertas, pero estaba firmemente cerrada. Lo intentó en varias, sin resultado, y empezó a gritar:
—¡Revisor, revisor!
Pero no escuchó ni vio a nadie.
Alarmado, fue hasta la parte delantera del convoy y comprobó que la puerta de la locomotora también estaba cerrada. Vio que el terreno correspondiente a la estación terminaba unos metros más allá, en un sólido muro y que no había ninguna otra salida, como no fuera saltando al terraplén que había del otro lado.
Volvió sobre sus pasos y se sentó en uno de los bancos del andén, sin saber qué hacer. La única opción era dejar la estación por aquella pequeña apertura que había visto en el muro.
Comenzaba a anochecer, de modo que tenía que tomar una resolución. Tomó la maleta y salió por aquel hueco. Lo que había al otro lado no era más que una ladera llena de pequeña vegetación y los toscos escalones que subían hasta aquella parte más alta, donde se  veían los restos de unas construcciones. Cuando hubo avanzado un poco echó la vista atrás y comprobó que se veían la estación y el largo convoy del tren desde arriba, mostrando al fondo una hondonada profusamente poblada de árboles, por donde parecía discurrir el cauce de un río de montaña.
Siguió caminando y, unos metros más arriba, vio que el camino se bifurcaba. A su derecha había una construcción de piedra, derruida casi hasta los cimientos, pero que dejaba ver las jambas de una puerta de piedra, que destacaba sobre la línea semicircular de lo que parecían ser los restos de dos torreones que la flanqueaban.
Se acercó a aquel lugar y vio que un poco más allá se mostraban los restos de lo que debía haber sido una ciudad antigua, con el trazado de algunas calles empedradas y otros restos, difíciles de identificar.
Una fuerte sensación de malestar le hizo retroceder ante aquella visión y  volvió de nuevo al camino. Allí se encontró con la otra bifurcación, la que conducía a una zona boscosa.
Por allí se dejaban ver los últimos rayos del sol, iluminando suavemente las hojas de los árboles y colándose por entre las ramas.
En medio del camino, cerca ya de aquellos árboles, vio a un grupo de niños, que jugaban con unas tabas. Llevaban unos vestidos cortos, con capuchas, y apenas le prestaron atención al verlo llegar.
Gora se acercó y trató de hablarles, pero comprobó que tenían un idioma absolutamente incomprensible. Uno de ellos, el mayor, se acercó de forma comprensiva y le cogió de la mano. De este modo entraron en el bosque y llegaron a un  pequeño claro, en donde vieron varias casas de madera. Tenían un aspecto curioso, eran alargadas y tenía un porche con columnas en uno de sus lados. Estaban suspendidas sobre pivotes y tenían unas pequeñas chimeneas de hojalata que salían por uno de los lados, lanzando espesas bocanadas de humo. Las ventanas eran pequeñas y estaban abiertas completamente. Del interior de aquellas construcciones salía una tenue luz.
El niño se detuvo finalmente frente a una de ellas. Señaló en su interior y dijo algo. Entonces apareció alguien en la puerta. Era una mujer, vestida con una túnica larga. Después apareció un hombre, vestidos de forma muy similar, con un gorro de extraña factura, que parecía indicarle a Gora que entrase. 
Cuando lo hizo, Gora vio que había otra mujer sentada en una de las esquinas de un compartimento casi vacío. Tras algunos vanos intentos consiguió averiguar que aquel hombre se llamaba a sí mismo Aroidi y que las dos mujeres parecían llamarse Remáai y Doroía. El niño dijo llamarse Elgoog.
Aquel fue el inicio de una larga estancia de Gora con una tribu de Titiriteros. Pronto comenzó a hablar como ellos y a identificar las cosas que veía a su alrededor.
Casi todas las mañana salían para recorrer los alrededores. Tenían rebaños de cabras y corderos y también muchos ánades, gallinas y conejos. Recogían frutos de los árboles y también bajaban a pescar al río que había un poco más abajo de la estación.
Algunos de los otros habitantes de la aldea tenían también extraños nombres y costumbres aún más extrañas. Uno de ellos era el Hombre árbol, que se sentaba a meditar en lo alto de una roca y cuya piel había adquirido la extraña apariencia de la corteza de un árbol. Otro era el Hombre-seta, que leía unos manoseados libracos de política internacional. También estaban el Obispo, un tipo con el pelo largo y muy rizado, que preconizaba el amor libre y el culto al sol y a las estrellas, o el Mochuelo, que tocaba una vieja guitarra llena de remiendos y pegatinas. Después estaba una mujer que vivía solo, a la que llamaban la Gallinita, y el Vendedor de Arenques, con una vivienda de dos pisos, que soñaba con ser cantante de rock.
Durante todo el tiempo que estuvo con ellos el tren permaneció inmóvil en el mismo sitio. Gora bajaba de vez en cuando a observarlo y accionaba de nuevo las puertas, comprobando que seguían cerradas y que no había nadie en su interior.
Tampoco vio nunca a ningún jefe de estación en el edificio y por más que lo intentó no consiguió acceder a su interior ni comprobar si había algún teléfono con el que comunicarse con su tío Ludwig.   
Uno de aquellos días fue con Aroidi hasta las ruinas de la vieja ciudad. Vio que ninguna de ellas podía habitarse, pero en un lugar apartado, al lado de lo que debía haber sido un gran edificio, había una cabaña hecha con ramas y hojas secas. Allí vivía el miembro más insigne de la tribu, el viejo Losanrot. Al parecer era el último descendiente de una familia que había llegado del norte, y su madre no pertenecía a la tribu de los Titiriteros.
Pasó el tiempo y un día que estaba en la cabaña de Aroidi escuchó a lo lejos el silbido del tren. Se levantó, sorprendido, y miró a su alrededor. El propio Aroidi, acompañado de Elgoog, entró en la casa y dijo:
—Es por ti, te llaman para que vayas.
Sin tiempo para pensar en nada cogió su maleta, metió a toda prisa sus pocas pertenencias y salió en dirección a la estación, vestido aún como un titiritero, con su gorro de ala ancha y su cinturón negro sujetando los amplios faldones del vestido. Pasó al lado de Doroía y de Remai y se despidió con la mano. 
Llegó allí cuando el tren estaba emprendiendo ya la marcha. Se abalanzó sobre una de las puertas y vio que se abría. Sin pensárselo dos veces se subió a la plataforma y penetró de nuevo por el pasillo, en busca del departamento en el que había venido.
El tren comenzó entonces a hacer el mismo recorrido, pero en sentido inverso, y no tardó en aparecer también el mismo revisor, que le pidió el billete con el mismo tono que la vez anterior. Entonces Gora se dio cuenta de que el billete debía estar en el bolsillo de la chaqueta y que no la llevaba puesta. Miró en su maleta y lo vio allí por fin, asomando en uno de los bolsillos interiores. Debía haberlo puesto alguno de los otros habitantes de la cabaña.
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Se lo mostró al revisor, con un suspiro de alivio, y comprobó que este le hacía una muesca con un pequeño taladro que llevaba consigo. Estuvo a punto de preguntarle donde se había metido durante todo aquel tiempo, pero se contuvo y solamente musitó: “Adiós, querido amigo” cuando ya estaba lejos y no podía oírle.
Después de un rato vio cómo se desdibujaban en el horizonte las montañas y una espesa nube de polvo lo ocupaba todo. Finalmente el tren comenzó a ralentizar su marcha y comenzaron a atravesar una zona de bosque. Todo estaba en silencio y Gora creyó ver algo que se movía entre la espesura. Poco a poco comenzó a escuchar unos sonidos inquietantes, que se acercaban.
Gora cerró las cortinas, aseguró la ventanilla y comprobó que estaba puesto el pasador de la puerta que comunicaba con el pasillo. Se sentó en su asiento y cerró los ojos. Al cabo de unos minutos notó que el tren se detenía.
Después de un rato escuchó el silbido de la locomotora, seguido de unos golpes secos. El tren comenzó a moverse de nuevo, a empellones, hasta que al fin reanudó la marcha de nuevo.
Gora permaneció echado sobre el asiento, mirando al techo, hasta que unos ruidos alarmantes hicieron que su corazón comenzase a latir apresuradamente. El tren también comenzó a acelerar la marcha. De repente, unos gruñidos terroríficos, que parecían venir de todas partes, inundaron los alrededores del tren y este comenzó a oscilar peligrosamente.
Gora se levantó y escuchó unos golpes secos, continuados, en el techo. Algo de enorme tamaño se arrastraba junto a los vagones, al tiempo que chillaba y lanzaba poderosos empellones.
Cuando se acercó a la ventanilla y asomó la cabeza por entre las cortinas pudo ver unos cerdos gigantescos, de color gris, que se encontraban por todas partes, corriendo entre los árboles. Atacaban al tren con una energía desmedida, derribando todo lo que encontraban a su paso. Después volvían a la carga, con una insistencia y una determinación salvaje.
Todo aquello duró varios minutos, hasta que los ataques comenzaron a espaciarse. Gora recuperó la calma, se asomó a la ventanilla y comprobó que los cerdos habían quedado atrás. Después salió al pasillo y comprobó que el vagón había sufrido numerosos desperfectos. El techo estaba completamente abollado y algunas ventanillas habían sido arrancadas de su lugar de forma muy violenta.
Tras aquel incidente el viaje continuó y comenzó a caer la noche. Mientras avanzaban por una zona despejada Gora comprobó que unas extrañas prominencias se movían a lo lejos. Al poco tiempo vio que eran oleadas de insectos que pasaban por encima de las vías. Muchos de ellos eran aplastados por las ruedas del tren, pero los insectos seguían pasando, en medio de una masa quitinosa y de un hedor insoportable.
Al fondo, Gora vio las luces de una ciudad. Según se iban acercando pudo ver que sobre las copas de los árboles, en el tendido eléctrico y en lo alto de las casas había miles de pájaros negros, que observaban los insectos, a sus pies, haciendo un ruido intenso y continuado.
Casi inmediatamente el tren se introdujo en un túnel y al poco tiempo aparecieron bajo una bóveda de hierro, donde también había cientos de aves que ocupaban todos los espacios disponibles. Finalmente el tren se detuvo en uno de los andenes. Entonces apareció el revisor por el pasillo e introdujo la cabeza en el interior del departamento.
—Nos detendremos aquí toda la noche. El tren saldrá mañana, a las seis en punto —anunció, antes de volver a desaparecer.
Gora cogió la maleta y bajó al andén. Fue entonces cuando pudo ver todo el daño que habían producido los ataques de aquellos animales monstruosos. La mayor parte de los vagones estaban destrozados, o con grandes zonas aplastadas. También había algunas trazas de garras y pelos de color gris pegados sobre la chapa.
Miró a su alrededor y no vio a ningún otro humano. Solo había pájaros, que volaban por el recinto de un lado a otro, lanzando agudos graznidos y aleteando con fuerza.
Fue hasta uno de los bancos que había en el andén y se sentó a esperar. Al cabo de un rato apareció un muchacho de unos veinte años. Llevaba una mochila a la espalda y un bastón de alpinista en la mano. Al ver a Gora se acercó y se sentó a su lado, contemplando los vagones del tren.
Me llamo Anselmo —dijo el joven, tendiéndole la mano. Acabo de llegar a la isla en un barco de la compañía Moysi.
Una isla ¿De qué isla me hablas? —preguntó Gora, sin saber a qué se refería.
En la isla de Crisoelephantine —dijo Anselmo—. La isla donde el oro corre como el polvo y el marfil se encuentra en los dientes de las alimañas.
—Yo no he visto el oro ni el marfil. Solo he visto las alimañas —dijo Gora, con expresión cansada.
—Yo estoy aquí por negocios —dijo Anselmo—. La compañía quiere que establezcamos una oficina en la isla.
Gora lo miró, indiferente, y Anselmo se puso en pie de nuevo.
Ya nos veremos. Tengo que buscar un hotel en la ciudad —dijo, haciendo un gesto de despedida.
Gora lo despidió con un gesto, sin fuerzas para hablar, y se tendió en el banco, apoyando la cabeza sobre su maleta.
Le despertó el fuerte silbido de la locomotora. De repente se había hecho de día y el tren parecía estar a punto de salir. Fue rápidamente hasta su vagón, subió por la única entrada disponible y se acomodó de nuevo en su departamento.
El tren salió de la estación marcha atrás y cruzó de nuevo el túnel por donde habían entrado. Después cambió de dirección y empezó a aumentar su velocidad.
Gora comprobó que volvían a pasar por los largos túneles de la vez anterior. Después pasaron unas cuantas horas. No fue hasta mucho tiempo después, tras algo más de un sueño, cuando de pronto vio aparecer ante sus ojos los suaves destellos de la luna sobre el mar. Entonces comprobó a través de la ventanilla que se encontraba en la playa de Verger Fleurí. Las nubes de la pasada tormenta ya no estaban, la luz comenxaba a declinar  y el vagón se detuvo de nuevo frente al mismo reloj que había visto en su partida. Las agujas marcaban apenas las nueve y cuarto.
Bajo aquel mismo reloj estaba de nuevo el tío Ludwig, consultando su propio reloj de pulsera, con gesto preocupado. Gora le hizo una seña a través de la ventanilla y tío Ludwig se acercó enseguida.
—¿Qué has hecho, donde has estado? —preguntó, contemplando el estrafalario vestido de su sobrino.
No lo sé, he hecho un largo viaje. He estado en una isla —dijo Gora.
Después bajó del tren, con la maleta en la mano, y abrazó a su tío.
—La ropa me la regaló Aroidi, de la tribu de los Titiriteros. Ellos se visten así —dijo.
—¿Qué isla? —preguntó tío Ludwig.
La isla de Crisoelephantine —dijo Gora, recordando a Anselmo.
o Ludwig contempló a su sobrino con ojos húmedos y, después de unos segundos, le abrazó.
Bueno, no importa. El peligro ha pasado. Ya puedes volver a casa —dijo.
Tras aquel intercambio de palabras no volvieron a hablar del viaje, ni de las extrañas vestimentas, pero el comportamiento de ambos, y de Agnes en la casa, no volvió a ser el mismo. Las máquinas que Gora había encontrado junto al garaje habían desaparecido, al igual que todos los demás objetos que habían pertenecido a sus padres.
Después de esto, un profundo silencio se instaló en la casa. 
Gora tampoco volvió a ver a sus primos, Friedrich, Annette, Klara y Willem, y algún tiempo después, al acabar el verano, fue ingresado en una institución mental de Sanandrés, de donde no saldría hasta el año siguiente.
Y fue así como comenzaron las siete agonías, o los siete cielos, de Gora Vorontsov.
FIN
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Palabras: 5.813

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