He's wearing a derby hat

HE’S WEARING A DERBY HAT
JERL
El segon cel, imaginat
en una nit d’estiu a la vora del mar.

Un joven de aspecto estrafalario, con un sombrero hongo en la cabeza, una larga melena y un traje ajustado, entró en un bar de la Rambla d’Amunt, en la ciudad de Bonanova, y se dirigió hacia la barra con una caja de botellas de horchata entre las manos.
—Hola, Kalús —dijo el camarero—. ¿Qué traes hoy?
—Lo de siempre —dijo Kalús, dejando la caja sobre el mostrador de mármol.
Después cruzó el bar y salió de nuevo a la calle, donde había un carrito de horchata aparcado junto a uno de los árboles de la avenida. Estaba montado sobre tres ruedas de bicicleta, con un manillar y un sillín de cuero con muelles metálicos. El joven se montó sobre aquel sillín y comenzó a pedalear calle abajo.
En una de las mesas, junto a la ventana, había otro joven que observaba la escena con curiosidad. Era un chico de cara redonda, de no más de diecinueve o veinte años, con una espesa barba negra y una curiosa malformación en la parte derecha. La frente y uno de los ojos le sobresalían de forma ostensible, mostrando una ligera tumefacción morada por debajo de la piel y unas venillas azules que le traspasaban el rostro de arriba abajo.
Aquel joven llevaba no más de un mes acudiendo al bar casi a diario. Acostumbraba a sentarse siempre en aquella misma mesa y solía pedir un té y una ración de pudin, con los que pasaba buena parte de la tarde. De vez en cuando sacaba una libreta de espiral de color granate de una bolsa blanca de tela, que llevaba siempre consigo, y se ponía a escribir algo en ella con una pluma Parker muy vieja, que le manchaba los dedos de azul. 
El camarero observó que en algunas ocasiones dibujaba y que casi siempre trazaba los rasgos de una mujer joven, de cabellos rubios, muy rizados, con los ojos claros, en distintas posiciones. Por ratos se paraba a observar sus propios dibujos y al poco tiempo comenzaba a reformarlos, con tal ímpetu que conseguía estropearlos y terminaba por tacharlos y romper las hojas con furia.
Finalmente, cuando daban las diez o las once de la noche en el reloj del bar, pedía en voz baja la cuenta y salía por la puerta, Ramblas “avall”, en dirección a la Gran Vía.
Cuando llegaba al final de la calle doblaba la esquina hacia la izquierda y seguía unos cuantos metros hasta la entrada del Avenida Palace, uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Al llegar allí saludaba con un gesto cómplice al portero, que levantaba siempre su sombrero de copa azul y lo dejaba pasar dando un suave impulso a la puerta giratoria. Desde principios de mes ocupaba una habitación en el piso octavo, con vistas a la Gran Vía y con una pequeña terraza, solo interrumpida por el imponente letrero luminoso del hotel.
No fue hasta una mañana, varias semanas después, cuando los dos chicos volvieron a encontrarse. Fue en la Ronda de Sant Antoni. Kalús vio pasar al chico, con su bolsa blanca a cuestas y detuvo el carrito en la acera.
—Hola, te vi el otro día, en el Derby —dijo — ¿Te apetece una horchata?
—Vale —dijo el joven, parándose a su lado.
Kalús se bajó del carrito, rebuscó un vaso de cartón en el interior del mismo y lo rellenó con aquel líquido, de color mortecino. Llevaba puesto su sombrero hongo y un traje ajustado, de color azul.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, ofreciéndole el vaso.
—Gora Vorontsov —le dijo este.
—Ah, bien —dijo Kalús, dándole la mano—. Yo me llamó Kalús McMilkman, soy vendedor de horchata, como mi padre. Era irlandés. Este carrito fue la única herencia que me dejó.
Unos días después volvieron a coincidir en el Derby, un poco más tarde de las nueve de la noche.
—¿Qué haces? —dijo Kalús, acercándose a la mesa.
—Trato de escribir algo, una obra de teatro, o una novela, no sé —dijo Gora, cerrando la libreta de golpe.
—Déjame ver —dijo Kalús, abriendo la libreta y observando los dibujos de Gora.
—¿Quién es? —preguntó.

—Una chica que conocí este verano —dijo este—. Apareció en una cala, cerca de mi casa. No sabía ni una sola palabra de nuestro idioma. Al parecer se había caído de un barco, o naufragado, no lo sé. Pasó unos días en mi casa y después se fue.
—¿Y no sabes nada más de ella? —preguntó Kalús.
—No, no he vuelto a verla —repuso Gora.
—Si la veo por ahí te doy un toque —dijo Kalús, antes de despedirse.
Gora había comenzado aquel año las clases en la universidad. Su tío, Ludwig von Büllow le había obligado a matricularse en la facultad de Filología, la única que parecía interesarle. Había pasado el verano en Verger Fleurí, en la costa azul francesa, en una casa que había pertenecido a sus padres.
Cuando Gora tenía unos cuatro o cinco años de edad la casa había sufrido un pavoroso incendio y sus padres murieron. A causa de esto Gora había quedado marcado con una ligera deformación del rostro. Al cumplir los diecisiete años había tenido un episodio cercano a la esquizofrenia, que los médicos habían descrito como paramnesia reduplicativa y que le hacía confundir las cosas de la realidad con otras completamente imaginarias.
Por todo aquello Gora había pasado un año encerrado en una institución psiquiátrica en Sanandrés, la ciudad donde vivía el tío Ludwig, al norte de España. Después, tras una notable mejoría, tío Ludwig le había dejado pasar el verano en la casa de Verger Fleurí, que había sido mandada reconstruir según los planos originales, firmados por un famoso arquitecto norteamericano. Finalmente, al acabar el verano, Gora se había trasladado a Bonanova, donde tío Ludwig le había alquilado una habitación en el Avenida Palace, un hotel que solía frecuentar.  
Fue allí, en el Avenida Palace, donde Gora se volvió a encontrar con Kalús. Bajaba en el ascensor cuando lo vio entrar, en el piso séptimo.
—Hola —dijo  Gora.
—Hola, que casualidad —dijo Kalús, manteniendo la distancia.
—¿Vives aquí? —preguntó Gora.
—No —dijo Kalús, sonriendo—. He venido a visitar a un amigo.
Sin más explicaciones Kalús desapareció por el “hall” de recepción. Gora trató de alcanzarlo con la mirada y apenas pudo verlo montarse en el carrito de horchata, que estaba aparcado en el paseo central, bajo un árbol.
Después de aquello Gora trató de averiguar quién era aquel misterioso amigo. Preguntó en recepción y estuvo varios días espiando por los pasillos del séptimo piso en vano. Uno de aquellos días, sin embargo, vio salir a un tipo delgado, calvo, con una espesa barba rizada, de una de las habitaciones.
—Mañana vuelve Kalús, no te preocupes —le oyó decir. Después se marchó en el ascensor.
Gora fue hasta la puerta y vio que tenía el número 717.
Pasó algunos días más vigilando pero Kalús no apareció por allí, ni por el Derby, así que una tarde, más o menos a finales de octubre, tomó la decisión de llamar a aquella puerta.
Esperó un rato y escuchó un ruido en el interior. Al instante la puerta se abrió y apareció Kalús, con la cremallera de un oscuro body abierta hasta la cintura.
—Ah, eres tú ¿qué quieres? —dijo.
—Nada, tenía curiosidad por ver quién era ese amigo que venías a visitar —repuso Gora, a la defensiva.
—Ven, te lo voy a presentar —dijo Kalús, después de unos instantes de duda.
Abrió la puerta completamente y le indicó que le siguiera. Pasaron por un recibidor a oscuras y llegaron al dormitorio, donde había un chico acostado leyendo un libro de tapas amarillas.
—Este es Anselmo Schmitt Moysi —dijo Kalús—. Estuvo a punto de ahogarse en un barco este verano y necesita reposo absoluto. Yo vengo para pasar la tarde con él, traerle bebidas y comida, y hacer algunos recados.
—Hola —dijo Anselmo, dejando el libro a un lado.
—Anselmo, este es Gora Vorontsov —dijo Kalús, acercándose a la cama.
—Yo me acuerdo de ti —dijo Anselmo, señalando a Gora—. Nos vimos hace algo más de un año, en la estación de Ravenport, en la isla de Crisoelephantine.
—Sí, es cierto —dijo Gora, recordando de repente—. Tú estabas haciendo un viaje por la isla.
—Lo hice, claro que sí—dijo Anselmo.
Kalús se quedó extrañado, pero no dijo nada y esperó un poco para intervenir.
—Bien, puesto que ya nos conocemos debemos brindar —dijo, cogiendo varias botellas del mueble-bar—. Podemos fundar un club. El Coom Bazz. ¿Qué os parece?
—¿Qué significa? —preguntó Gora.
—Nada, por eso es un buen nombre —dijo Kalús.
—De acuerdo —dijo Anselmo—. ¡Queda fundado el Coom Bazz, un club de gente que no sabe a qué se dedica ni qué va a hacer en el futuro!
—Yo sí lo sé —dijo Kalús—. El día de mañana voy a ser rico, como vosotros.
—Que va, jajaja —dijo Anselmo—. Ya verás cómo no.
Anselmo era un muchacho risueño, de no más de diecinueve años, que vestía casi siempre de blanco. Después del naufragio solía usar un bastón con empuñadura de nácar y andaba a pasos cortos, como si temiese fracturarse en cualquier momento. Tenía una pasión exacerbada por los viajes y apuntaba casi todo lo que se le ocurría en unos cuadernos con hojas blancas, cosidos a mano.
Un día le enseñó a Gora los apuntes de su viaje a Crisoelephantine. Había cientos, tal vez miles, de dibujos de cada uno de los pasos que había dado. Gora reconoció algunos de ellos: la estación de Ravenport, el tren que le había llevado a la ciudad de Última, en el interior de la isla, las Montañas del Horizonte, permanentemente nevadas y una montaña más alta, con una espesa columna de humo surgiendo de la cumbre.
—Es el volcán Klossowski —le explicó Anselmo—. Le pusieron así en honor a Romualdo Klossowski, marido de María Gertrudis, hija de los condes de Ansí, del palacio de Oliphant Castle.
Gora siguió mirando en los dibujos de Anselmo y en uno de los cuadernos se encontró el retrato de una chica que se parecía mucho a aquella que él había dibujado en el Derby.
—Sí, es Faith —dijo Anselmo, con toda naturalidad—. Alice A Nice Pair Flor del Campo Diosa de Oliphant Corazón del Mar Canción del Viento Pájaro de la Noche Filadelfia Joaquina Amparo María Carmen y Asunción Ansí Klossowski y Ansí Gregotti.
—¿A qué vienen todos esos nombres? —preguntó Gora.
—Era así como la llamaban los dos hermanos, Argimiro y Rosendo —le explicó Anselmo—. Yo también le puse un nombre: “Dueña de mí para siempre”, y mis apellidos: “Schmitt y Moysi”. Quedó grabado en una de las puertas de su habitación.
En alguno de los dibujos la chica aparecía desnuda sobre una cama.
Gora fue hasta su habitación y bajó la libreta Enri, donde tenía aquellos dibujos a pluma que ya había visto Kalús.
—Sí, es la misma —dijo Anselmo.
En los días siguientes Anselmo le fue explicando algunas cosas que había vivido en la isla. Gora le escuchaba con atención y cada vez estaba más convencido de que la chica de la que ambos hablaban era la misma.
Gora le explicó lo que ya le había contado a Kalús, que la había visto por primera vez en una cala, una noche de luna, que la había alojado en su casa y que había tenido una aventura con ella una semana o dos, a lo sumo. Después él mismo la había llevado a la estación, la había montado en un tren que salió aproximadamente a las siete de la tarde y ya no volvió a verla nunca más. Por lo demás, estaba plenamente convencido que aquel tren la habría llevado a la misma isla que ambos conocían.
Anselmo asintió ante aquellas informaciones y ambos tomaron la determinación, en cuanto fuera posible, de ir de nuevo a la isla y reunirse con ella.
Kalús se mantuvo al margen de todas aquellas especulaciones. En cuanto acababa el reparto aparecía por allí, ponía algún disco en el tocadiscos y comenzaba a contar sus aventuras del día.
Más o menos por diciembre Anselmo comenzó a salir del hotel. Daba pequeños paseos por la Rambla d’Amunt y a veces llegaba hasta la casa Fuster, donde vivían unos amigos. Gora solía acompañarlo y tomaban café con un señor mayor en un salón de color rojo que daba a la calle. Después bajaban, entreteniéndose en los escaparates de algunas tiendas.
Un día, al pasar por delante del Derby, Anselmo le señaló una casa de cuatro pisos, con muchos balcones, una entrada con un arco de medio punto y dos pequeños torreones en las esquinas, rematados por un tejado puntiagudo, al estilo francés.
—Mira, ahí vive mi familia —dijo—. Es el hogar de los Schmitt-Moysi. Moysi viene de Moisés, ¿sabes? Descendemos directamente del primer profeta.
—Vaya, eso sí que es impresionante —dijo Gora, un poco avergonzado—. Yo apenas se nada de mi familia. Mi abuelo Darío, creo que tenía bastante dinero, pero ahora lo administra mi tío Ludwig, y apenas me da más que lo necesario para mi supervivencia.
—Sin embargo te ha alquilado una habitación en el Avenida Palace, eso ya es algo —terció Anselmo.

Gora asintió y continuaron su paseo, Rambla “avall”.
Un poco antes de Navidad Gora fue a Sanandrés, a casa de su tío Ludwig. Cuando regresó, casi un mes después, fue hasta la habitación de Anselmo, pero no le contestó nadie. Fue hasta el Derby, pero Kalús tampoco apareció por allí.
Unos días después se le ocurrió ir hasta la casa de los Schmitt-Moysi. Entró en el amplio portal y se encontró con un portero que le salió al paso.
—Vengo a ver a Anselmo Schmitt —dijo Gora.
El portero asintió con la cabeza y le dejó seguir.
Gora llegó hasta un patio cuadrado con una escalera de piedra. Bajo la misma había una puerta con los cantos labrados en piedra y una especie de escudo en la parte superior, de forma ovalada, sin ninguna figura en su interior. Al fondo estaba el ascensor, con una verja de hierro que protegía la entrada.
Al llegar al primer piso se encontró directamente en un pequeño recibidor, con grandes ventanales que daban al patio. Se abrió una puerta y apareció un señor con levita.
—Anselmo vendrá enseguida —dijo, antes de desaparecer de nuevo.
Al cabo de un rato la puerta se abrió de nuevo y apareció Anselmo, con una sonrisa en el rostro.
—Que sorpresa. Me alegro que hayas venido —dijo.
—He preguntado por ti en el hotel y me dijeron que ya no vivías allí —dijo Gora.
—Mi familia ha decidido que vuelva —repuso Anselmo, sentándose en uno de los bancos de madera barnizada que había junto a las ventanas—. Ahora ya no tomo tanta medicación.
—Y tampoco he vuelto a ver a Kalús, ¿sabes algo de él?
—No, pero sé dónde vive. He cogido su dirección de una carta que le envió a mi hermano. “Ellos” le pagaban para que me hiciera compañía —dijo Anselmo, poniendo tono misterioso—. Me la sé de memoria: Pensión Zeleste, calle Platería, 39. 
Unos días después Gora y Anselmo quedaron para ir hasta aquella dirección. A la altura del número 39 vieron una oscura zapatería y un portalón abierto por el que se veía un callejón oscuro. Un poco más allá había unas escaleras de madera con un letrero que indicaba: “Pensión”, y una flecha que señalaba hacia arriba.
Subieron por aquellas escaleras y a la altura del primer piso vieron una puerta oscura. Entraron en un largo pasillo y se encontraron con una oficinita muy estrecha, completamente vacía. Después había un largo corredor con puertas a ambos lados. El pasillo terminaba en un wáter comunitario, con una luz suspendida en lo alto y un rollo de papel marrón en la pared. 
Cuando estaban a punto de salir de nuevo apareció una mujer con un mandilón que les preguntó que querían.
—Vive aquí un tal Kalús McMilkman —preguntó Gora.
—Si vive, pero ahora no está. Suele venir muy tarde, por la noche —dijo la mujer.
—¿En qué habitación vive? —preguntó Anselmo.
—No se lo puedo decir.
—Dígale que hemos venido a verle —dijo Anselmo.
—¿Y quién le digo? —preguntó la mujer.

—Los miembros del Club Le Coom Bazz.
Unas semanas después Kalús continuaba sin aparecer, así que Gora decidió volver de nuevo a la calle Platería. Llamó a la puerta de su habitación, pero no contestó nadie.
Después de deambular un rato por las calles decidió volver al hotel. Mientras lo hacía lo vio pasar fugazmente, por una de las calles cercanas. Caminaba abrazado a una chica de aspecto bohemio, con el pelo rubio y pecas en los hombros. Llevaba puestos unos leotardos negros hasta la cintura, un chaleco de tela brillante y el sombrero hongo colgando a su espalda, sujeto por unas cintas negras.
Algo de aquella visión le turbó profundamente. No fue solo el aspecto de la chica, ni aquel cabello rubio, ni siquiera su vestimenta. Había algo más en su forma de andar, en sus gestos, que le resultaba enormemente familiar.
De repente se acordó de Faith, de A Nice Pair Faith, la chica que había conocido aquel verano en Verjel Florido. Hubiera jurado que era la misma, pero no había llegado a verle la cara y eso aumentaba aún más la incertidumbre.
Por un momento perdió completamente las fuerzas y se dejó caer sobre el asfalto, exhalando un angustioso gemido. Si lo que estaba pensando era cierto, la traición de Kalús era evidente y cualquier acción contra él podía estar justificada.  
Pasó varios días encerrado en su habitación, sin hablar con nadie, rompiendo y tirando a la basura todos los dibujos de su libreta Enri. En lo más profundo de su ser deseaba encontrar a Kalús y hacerle pagar por todo aquello.
Sin embargo, algún tiempo después, consiguió calmarse y decidió ir a casa de Anselmo y contarle lo que había pasado.
Se lo encontró en cama, con una mujer mayor sentada a su lado.
—Ha tenido una crisis —dijo—. Lo ha pasado muy mal, y nosotros también.
Después apareció el hombre alto, con barba, que había visto en el hotel.
—Me llamo Bernardo —dijo—. Soy el hermano de Anselmo. Hemos estado cuidado de él estos días. No sabemos lo que le ha pasado.
—Seguramente se habrá enterado de lo de Kalús —dijo Gora—, igual que yo.
Algunos días después volvió a la casa y pudo hablar con Anselmo.
—Tengo algo terrible que decirte —le dijo.
Anselmo se incorporó en la cama y se dispuso a escucharle.
—He visto a Kalús en la calle. Iba abrazado a Faith. —dijo Gora, con tono dolido.
—Ya lo sé —dijo Anselmo—. Lo he visto.
—¿En dónde? —preguntó Gora.
—Ahí —dijo Anselmo, señalando el techo de su habitación—. Todas las noches los veía pasar por debajo de mi ventana, abrazados, riendo, como dos estúpidos.
—Pero, no es posible que ella esté aquí —dijo Gora—. Yo mismo la vi tomando el tren de las ocho, en la estación de Verjel Florido.
—Tal vez no fue hasta la isla, tal vez no tomó ese tren —dijo Anselmo, mirando a Gora.
—¿Cómo podemos averiguarlo? —preguntó Gora.
—Preguntándoselo directamente a él —dijo Anselmo, levantándose.
Aquella misma tarde fueron de nuevo hasta la calle Argentería. Se encontraron la puerta de la pensión cerrada. Llamaron al timbre y un señor de aspecto enfermizo, con la tez muy blanca, la abrió unos pocos centímetros.
—¿Está Kalús? —preguntó Gora.
—No, se ha ido —dijo aquel individuo.
—Queremos comprobarlo —dijo Anselmo, interponiendo su bastón por la rendija abierta.
Forcejearon un poco y al cabo el señor mayor se retiró a un lado.
—¡Kalús, Kalús! —comenzó a gritar.
La puerta al fondo del pasillo se abrió y apareció Kalús, con una sonrisa en el rostro.
—Mis dos mejores amigos. ¡Quina sorpresa! —dijo, haciendo gestos exagerados— ¡Paseu, paseu!
Cuando entraron en la habitación vieron que era muy simple, casi sin muebles, con un camastro tirado en el suelo y una lámpara cubierta por una tela de color rojizo. Kalús tenía puestos unos pantalones bombachos y fumaba un cigarrillo de marihuana.
—¡Cuánto tiempo sin veros! —añadió, tirándose en el camastro.
—Hemos venido a saber una cosa —dijo Anselmo, buscando un sitio donde sentarse.
Gora no pudo contenerse más y se encaró con Kalús.
—¿Quién era aquella chica con la que estabas, cerca de aquí, hace aproximadamente una semana? —le preguntó.
—Ah, aquella chica. La encontré una noche, en la Estación du Nord. No tenía donde dormir, así que le ofrecí mi casa —dijo Kalús, sonriendo levemente— Se fue de nuevo en otro tren, unos días después.
—¿Cómo se llamaba?
—No lo sé, yo llamaba Faith, Blind Faith, porque me seguía a todas partes —dijo Kalús—. Hablaba en un idioma extraño y yo apenas la entendía.
—¿Lo ves? Era ella —dijo Gora, dirigiéndose a Anselmo.
—Se parecía algo a los dibujos de Anselmo, es cierto —afirmó Kalús—; pero también a los que hacía Gora en el Derby.
—Es la misma, estoy seguro —dijo Gora, con rabia.
—Bueno, ahora no es posible averiguarlo, porque se ha ido —dijo Kalús—, y probablemente no volvamos a verla nunca más.
Pasaron un rato en silencio, sentados en el suelo de la habitación, fumando aquellos cigarrillos que Kalús les pasaba, hasta que Anselmo se levantó de nuevo.
—Yo sé cómo podemos volver a verla —dijo—. Ella tiene una manera de viajar de uno al otro lado; y esa manera es el tren. Si tomamos los mismos trenes llegaremos hasta donde ella se encuentra ahora.  
Kalús miró  a Anselmo con expresión cautelosa y después a Gora.
—Tal vez tengáis razón —dijo—. Vamos a estudiar los detalles —añadió, buscando un papel donde poder anotarlos. 
Algunos días después volvieron a quedar en el Avenida Palace, en la habitación de Gora. Tras una tarde bebiendo y fumando, llegaron a la conclusión de que las chicas que los tres habían conocido eran fundamentalmente la misma y que, de alguna manera, podía viajar en el espacio y en el tiempo, con algunos sorprendentes fenómenos añadidos.
—¿A qué puede ser debido esto? —preguntó Gora.
—A que el tiempo en Crisoelephantine es distinto al nuestro —aclaró Anselmo, haciendo algunos dibujos en una hoja de papel—. Ellos viven en el año 2203, nosotros veinticuatro años menos, y en el palacio de Oliphant Castle, donde yo la conocí, se encuentra a unos doscientos años más atrás todavía.
—¿Cómo sabes eso?  —preguntó Kalús, tomando un trago de Campari con soda en un vaso adornado con una rodaja de naranja.
—Lo he visto, en cada uno de los sitios donde he estado —dijo Anselmo, señalando sus cuadernos—. He anotado todas las fechas.
Gora mantuvo la mirada en el techo, tumbado en el suelo, intentando entender todo aquello. De pronto su mirada se iluminó.

—Tal vez podamos encontrarla si volvemos a hacer el mismo viaje, en el mismo tren, desde la estación de Verjel Florido —dijo. 

El último capítulo de esta historia transcurre en Verjel Florido. Llegaron un día, a mediados de julio. Agnes, la mujer que cuidaba de la casa, los recibió  con una sonrisa cauta y acomodó a Kalús y a Anselmo en sendas habitaciones del primer piso, previniéndoles de que avisaría a tío Ludwig de cualquier cosa extraña que pudiera ver. 
En los primeros días fueron hasta Cala Boabdill, donde Gora explicó como había sido su primer encuentro con Faith. Después visitaron la estación de ferrocarril, donde esta se había despedido de Gora, partiendo para Crisoelephantine en el tren de las ocho, y finalmente pasaron el tiempo haciendo cábalas sobre cómo podían ir hasta allí.
Kalús, que era el más escéptico de los tres, pronto dejó a un lado aquellos planes y prefirió pasar el tiempo en el pueblo, bajando a la playa y conociendo a gente nueva.
Un día, a finales de agosto, no apareció para dormir y Gora comenzó a preocuparse.
Sin embargo, unos dos días después apareció de nuevo. Llegó al chalet conduciendo un Volvo de color amarillo. A su lado iba una chica de dieciséis o diecisiete años, con un provocativo vestido de estilo oriental. Tenía el pelo negro, de un color azabache, y la nariz respingona.
—Se llama Sarah —dijo Kalús, a modo de presentación—. Ha llegado hace unos días en barco, con su padre.
Gora contempló a la chica y esta le sostuvo la mirada de una manera desafiante.
—Vive en el barco, con su padre, un médico griego —informó Kalús.
—Podemos invitarlo a cenar ¿Qué te parece? —dijo Gora.
—Bien. Por supuesto —repuso Kalús, intentando besar a la chica.
Aquella noche volvieron a aparecer en el Volvo amarillo. Con ellos venía un señor mayor, alto y calvo, con pantalones cortos, que se acercó a Gora y le tendió la mano.
—Hola, me llamo Balthazar Leidner —anunció—. Tenía muchísimas ganas de conocerle.
Poco después apareció Anselmo, con una túnica que le cubría hasta los pies. Kalús , Balthazar y Sarah estaban sentados en torno a la mesa de color blanco que había junto al mirador.
—Anselmo, te presento  al doctor Balthazar Leidner y a su hija Sarah —dijo Gora, llevándolo hasta la mesa.
Sacaron un sillón de la casa y encendieron las luces de unas lamparitas que había entre los árboles.
Durante todo el tiempo que permanecieron en el mirador Anselmo se mantuvo completamente hermético, observando a la chica. Los demás continuaron charlando, hasta que Balthazar propuso bajar todos juntos al pueblo, a ver una actuación de unos titiriteros que actuaban en la plaza.
Gora y Anselmo se excusaron, pero Kalús, Sarah y el doctor Leidner volvieron a montar en el coche.
—Es una trampa —le dijo Anselmo a Gora, en cuanto se quedaron solos—. El doctor Leidner es un farsante, y su hija, Sarah, está aquí por alguna razón oculta.
—¿Sabrán algo de nuestros planes? —preguntó Gora.
—No me extrañaría nada —afirmó Anselmo.
Aquella noche Gora tuvo un sueño muy extraño. Se veía a sí mismo en lo alto de una montaña, en una terraza de una construcción que se parecía levemente a un templo oriental. A un lado y a otro había unas montañas muy altas, cubiertas de nieve y unos valles profundos, por donde se podían ver algunas construcciones. Las montañas quedaban ocultas, en ocasiones, por compactas formaciones de nubes que parecían pasar por encima de ellas y mostrar el camino hacia otros valles, hacia otras regiones más profundas. Más abajo, en los valles, aparecían unos caminos que se entrecruzaban, señalando el modo de llegar a pequeños pueblos y a algunas construcciones aisladas. Por entre las nubes, en las laderas de las montañas, se mostraba otra tierra, azul y blanca, por donde parecían circular caravanas de mulas, cuadrillas de comerciantes, soldados y aldeanos que iba de un lado a otro, atareados en sus actividades cotidianas, cruzando inestables puentes, entrando y saliendo de misteriosas ciudades, llenas de calles tortuosas, de torres, de palacios  con cúpulas doradas, de rojos castillos salpicados de cañones, de culebrinas, de mosquetes y alabardas. De repente se dio cuenta. Eran la isla de Crisoelephantine y algunos de sus parajes lo que sus ojos le mostraban. Vio a unos viajeros con lentos carromatos que parecían destacar allá a lo lejos, muy cerca de la montaña más alta, y comprendió que eran los mismos saltimbanquis que había conocido en su viaje, Aroidi, Remáai, Doroía. De repente la vio, era la gitanita, que agitaba los brazos. También iba con ella el hijo de Aroidi, Elgoog, que miraba en aquella dirección y parecía hacerle señas con la mano. “¿A dónde irán?” se preguntó, mientras escuchaba el sonido de los címbalos en su memoria y el rumor del viento llegaba hasta sus oídos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que aquel viento estaba entrando por la ventana de su habitación.  “¿A dónde irán?” se preguntó de nuevo, y se vio de pronto despierto, en su cama, sumido en un intenso sudor, contemplando como la luz del día había invadido ya toda la estancia.
Al día siguiente Kalús volvió a aparecer, con el doctor Leidner y su hija. Agnes puso mala cara y se retiró al interior del chalet, porque era la hora de comer. Al poco rato volvió a dar señales de su presencia.
—Tiene una llamada de teléfono —le dijo a Gora—. Es su tío, desde Sanandrés.
Gora fue hasta el salón, cogió el auricular y escuchó:
—Ahijado, he decidido tomarme unas vacaciones —dijo tío Ludwig—. Así que vamos para allá, con tus primos: Friedrich, Annette, Klara y Willem. Espero que vaya todo bien.
—Sí, perfectamente —dijo Gora, completamente alarmado—. No hay ni el más mínimo problema.
Gora volvió a la mesa y anunció, con voz alterada:
—Mi tío está a punto de llegar. No puede veros aquí, así que tenemos que salir de la casa, esta misma tarde.
—Y ¿a dónde vamos? —preguntó Kalús, alarmado.
—Iremos a la isla de Crisoelephantine, en busca de Faith —afirmó Anselmo, convencido.
—Nosotros volveremos a nuestro barco —dijo el doctor Leidner, con tono cauteloso—. Pronto tenemos que iniciar el viaje de regreso a casa. ¿Verdad, Sarah?
—Sí —dijo esta.
—Yo tampoco voy —dijo Kalús, observando a Sarah.
—Tú vendrás con nosotros —dijo Gora, con convicción.
—Será mejor que vayas con ellos —dijo Sarah, intentando convencer a Kalús de que siguiera a sus amigos.
Pasaron la tarde haciendo el equipaje. Al final dispusieron de no menos de seis maletas, dos mochilas y un petate lleno de material de escalada.
El doctor Leidner y Sarah los llevaron a la estación. Agnes se quedó en la puerta, con cara de enfado.
—¿Qué le digo a su tío, cuando venga? —preguntó.
—Dígale que hemos cogido el tren de las ocho —le gritó Gora, a través de la ventanilla del coche—, y que no tardaremos en volver, como él bien sabe.
Ya en la estación se despidieron del doctor y de Sarah.
—Iré pronto a verte —dijo Kalús, besándola.
Cuando entraron en el interior vieron que no había nadie en la sala donde se vendían los billetes. Gora se acercó a una máquina que había empotrada en la pared y estuvo observando los distintos destinos que aparecían allí reflejados. Junto a unos de los botones vio un dibujo de una isla.
—Es esta —se dijo, e introdujo varios billetes en la ranura que había en la parte superior. Después apretó el botón tres veces y por la parte inferior de la máquina aparecieron tres cartulinas marrones.
Fue junto a sus amigos y le dio uno a cada uno de ellos.
Pasaron al andén y vieron que allí tampoco había nadie. En el reloj de la pared marcaba las siete y media de la tarde.
Después pasaron las ocho y las nueve y, cuando ya estaban pensando en volver a casa y enfrentarse a tío Ludwig, escucharon un lejano silbido. Entonces apareció una luz al fondo del andén, entre los árboles. Giró, hizo algunos extraños movimientos y acabó por enfocar la vía y las paredes oscuras de la estación. Finalmente apareció, grande y majestuosa, una locomotora diésel, de color verde, que pasó ante ellos haciendo retemblar el suelo. Después pasaron diez, veinte, quizá más vagones, que fueron desfilando ante sus ojos con una cadencia torpe y persistente, como si no fueran a detenerse nunca.
El tren se detuvo, finalmente, y Gora se acercó a una de las puertas, arrastrando las maletas.
—Es el tren, no cabe duda —dijo Gora, señalando las dos equis que lucían en los costados.
Kalús y Anselmo decidieron seguirle, resignados.  Subieron hasta la plataforma y se introdujeron por el pasillo, que estaba del otro lado. Encontraron el primer departamento vacío y decidieron meterse en su interior.
Al momento escucharon otro silbido y el tren se puso en marcha, de nuevo. Kalús miró a un lado y a otro y vio pasar ante sus ojos la playa, la larga avenida con palmeras y el pequeño puerto, con sus barcos de vela alineados. En uno de aquellos barcos estaría Sarah, con su padre, haciendo los preparativos para regresar a Naxos.
Después de unos minutos el tren comenzó a tomar velocidad y pronto dejaron de ver las casas de las afueras del pueblo.
Fue Kalús el que propuso hacer una exploración por los otros vagones. Fueron en ambas direcciones pero no encontraron a ningún pasajero.
Cuando regresaban a su departamento, sin embargo, se tropezaron con el revisor. Era un tipo bajito, con gorra de plato y una cartera al hombro.
—Billetes, por favor —dijo, alargando la mano.
Los tres le dieron sus billetes, completamente asombrados, y vieron como este los marcaba con un pequeño artilugio metálico.
—¿A dónde va este tren? —preguntó Kalús, repuesto ya de su sorpresa.
—A la ciudad de Nemoville —dijo el revisor—, al sur de la isla.
—¿Cómo? Eso no es posible. Debería llegar a Última, en el país de los Titiriteros —dijo Gora, sin dar crédito a lo que oía.
—No, este tren solo va a Nemoville —dijo el revisor, con total seguridad—. Sus billetes así lo indican, llevan la letra N, ¿lo ven? —añadió, señalando uno de los billetes.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Kalús, intentando acceder a su departamento.
Anselmo y Gora trataron de calmarlo. Mientras lo hacían, el revisor volvió a desaparecer.
Al poco rato Kalús cogió sus maletas y las arrastró fuera del departamento.
—En cuanto disminuya la velocidad me largo —dijo—. No quiero seguir ni un minuto más en este ataúd rodante.
Fue hasta el vagón restaurante y se acomodó en una de las mesas, intentando aprovechar el escaso espacio disponible para estirar las piernas.
Entonces empezaron a entrar en un túnel. La cosa se prolongó más de lo que era razonable y Kalús echó un vistazo a través de las ventanillas. Pero lo único que lograba ver era una pared de tierra, o tal vez de piedras, que pasaba velozmente por delante suyo.
Con el tiempo llegó a acostumbrarse a aquel traqueteo y a aquella velocidad creciente. De vez en cuando las luces se apagaban y encendían alternativamente, mostrando un panorama macilento en el interior del tren.

El largo y tedioso viaje duró casi toda la noche. Cuando se despertaron, algunas horas después, la luz del día se colaba ya a través de las mugrientas cortinas. 
Kalús contempló el paisaje que se mostraba ante sus ojos y empezó a ver algunas diferencias con el mundo que acababan de dejar atrás. Por de pronto la luz era distinta, más untuosa, y las nubes parecían remolonear en lo alto, ocultando un sol que no parecía estar en un sitio determinado. Después vio que estaban en un lugar casi sin vegetación, un desierto amarillento que no tenía ni el más mínimo signo de vida.
Miró a su alrededor y comprobó que tenía consigo sus dos maletas, de color malva, una mochila y un piolet que asomaba por uno de sus lados. Sobre la mesa estaban sus botas de montaña y los restos de la comida de la noche anterior. Una lata de atún y una botella de horchata vacía, de las que vendía en los bares.
Cogió el piolet e hizo ademán de romper la ventanilla. Pero al acercarse al cristal vio que en medio de aquel páramo arenoso avanzaba una fila de vehículos militares. Tras ellos contempló unas extrañas formas que flotaban en el cielo, por entre unas nubes bajas. Era una formación de zeppelines. Sus hélices dejaban en el aire un trazo en espiral apenas perceptible.
Sorprendido, fue hasta el vagón donde se encontraban Gora y Anselmo.
—¿Qué diablos es eso? —preguntó.
—No lo sé, no lo he visto nunca —dijo Gora—. Lo que no hay duda es que nos encontramos en la isla de Crisoelephantine. Este cielo, la falta de luz y el aire, denso y turbio, así lo indican.
Fueron a buscar a Anselmo, que continuaba en el otro departamento, al final del vagón. Comenzaron a deliberar y decidieron que, pasase lo que pasase, afrontarían los problemas juntos.
—Así sea —dijo Kalús.
El viaje duró aún casi todo el día. Pronto abandonaron la zona desértica y se adentraron en un espacio más agreste, cubierto de vegetación y por donde empezaron a aparecer ríos, barrancos y algunas zonas de bosque. A ratos sentían que el tren disminuía su marcha y avanzaba hacia tierras más altas.
—Tal vez podamos saltar ahora —dijo Kalús, observando las vías, a sus pies.
—Pero no sabemos dónde estamos, ni como regresar a casa —reflexionó Anselmo—. Salvo que lo hiciéramos siguiendo estas mismas vías, en dirección contraria. 
—Sí, pero nos llevaría semanas, tal vez meses, llegar a alguna zona conocida —dijo Gora.
Después de aquello fueron hasta el vagón restaurante. Cogieron cada uno sus víveres y estuvieron un rato conversando.
—Algún día se tendrá que acabar esto, digo yo —dijo Kalús, desesperado.
—Sí, ya lo verás —dijo Gora, esperanzado.
De pronto vieron como la tierra comenzaba a alejarse. El tren parecía remontar en el aire, como impulsado por una fuerza mágica. Entonces vieron unos travesaños de hierro. Miraron hacia abajo y comprobaron que estaban sobre un puente muy estrecho y que por debajo pasaba un río de montaña, formando pequeños saltos de agua entre las rocas. 
Después se introdujeron en una zona boscosa. La luz del sol comenzaba a declinar y las vías trazaban numerosas curvas en  uno y otro sentido, mostrando distintos puntos de vista del paisaje en cada una de las ocasiones. Después volvieron a cruzar un puente, esta vez de piedra, con numerosos arcos. Entonces apareció un  camino, a su costado, y después algunas casas, que parecían indicar signos de vida. De una a otra se extendía una línea eléctrica y poco a poco fueron apareciendo nuevas construcciones.
De repente el tren comenzó a descender por entre la maleza. Altos muros de tierra se extendían a uno y otro lado y el tren comenzó a dar bandazos. Subieron una colina, después bajaron por una ladera y se encontraron con otra vía que discurría paralela. Después pasaron bajo un puente y finalmente, tras una curva, se encontraron ante una amplia extensión de costa, que se extendía a su derecha.
Allá abajo, a varias millas de distancia, pudieron ver una ciudad encaramada entre formaciones rocosas, al borde mismo del mar. Había dos o tres barcos en una estrecha bahía, flanqueada por elevadas murallas, y un obelisco que resaltaba en el centro de la ensenada. Más allá, hacia el norte, se veía un castillo, con una cúpula y varios torreones de tejados puntiagudos.
La ciudad estaba compuesta de cientos de pequeñas casas blanquecinas que parecían amontonarse una sobre otras, en sucesivas filas, trepando a duras penas por las rocosas laderas. De vez en cuando se veía el trazado de las ramblas, bajando a duras penas por entre las casas, formando pequeños regueros cenagosos. Todo parecía a punto de caer en el abismo, las grandes piedras y los decrépitos muros, como un dominó gigante.
Pero había algo de grandeza en todo aquello. Desde sus tejados parecía respirar en medio de una sudorosa calima, como un gato que aguardase el momento para saltar al vacío y vengar una demorada agonía.
El tren avanzó más lentamente. Atravesó un nuevo puente de metal y comenzó a dejar atrás algunas naves industriales. Sintieron el olor del hierro fundido, la actividad y el ruido de las máquinas de vapor en el interior de aquellos edificios, y se dieron cuenta de que algo vigorosamente cierto estaba sucediendo.
Entraron en una estación con una gran bóveda de metal. El trasiego de una gente que nunca habían visto era enorme. Todos vestían trajes extraños, ponchos de colores, curiosos sombreros. Miraron en todas direcciones, esperando ver algo que les pudiera dar alguna certeza, alguna esperanza, de que todo aquello no estuviera siendo un sueño. Sobre una marquesina, en caracteres azules, leyeron el nombre de la ciudad: Nemoville.
—Hemos llegado —dijo Gora Vorontsov.
—Sí —dijo Anselmo.
Fue entonces cuando Kalús McMilkman se dio cuenta de que la isla de Crisoelephantine existía y que todo lo que le habían contado aquellos dos era rigurosamente cierto.

FIN