He's wearing a derby hat

HE’S WEARING A DERBY HAT
JERL
El segon cel, imaginat
en una nit d’estiu a la vora del mar.

Un joven de aspecto estrafalario, con un sombrero hongo sobre la cabeza, entró en un bar de la Rambla d’Amunt, en la ciudad de Bonanova, y se dirigió hacia la barra con una caja llena de botellas de horchata.
—Hola, Kalús —dijo el camarero—. ¿Qué traes hoy?
—Lo de siempre —dijo Kalús, dejando la caja sobre el mostrador de mármol.
Después cruzó el bar y salió de nuevo a la calle, donde había un carrito de helados aparcado junto a uno de los árboles de la avenida. Se montó en él y desapareció de nuevo calle abajo.
En una de las mesas, junto a una ventana, había otro joven que observaba la escena. Era un chico de cara redonda, de no más de veinte años, con una espesa barba negra y una curiosa malformación en la parte derecha del rostro. La frente y uno de los ojos sobresalían de forma ostensible, mostrando una ligera tumefacción por debajo de la piel, y unas venillas azules que le cruzaban el rostro.
El joven llevaba un poco más de un mes acudiendo a aquel bar casi a diario. Pedía un té, un poco de pudin y se ponía a escribir en una libreta de espiral de color granate, con una pluma Parker que lanzaba chorros de tinta de manera descontrolada, por lo que el chico tenía casi siempre los dedos manchados de azul. 
Cuando llegaban las diez o las once de la noche, el joven cerraba la libreta, pedía la cuenta y salía de nuevo por la puerta, Rambla abajo, en dirección al Avenida Palace, uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. El portero, un tipo con uniforme azul y sombrero de copa, lo saludaba afablemente antes de dejarle pasar.
Kalús solía trabajar en el puerto, junto al monumento a Colón, con su dedo señalando hacia el mar, aunque no exactamente hacia América. Allí solía aparcar su carrito y se pasaba buena parte de la mañana vendiendo horchata a los turistas. Por la tarde daba una vuelta por el Borne o por el carrer San Pau, hasta la Ronda de Sant Antoni. Fue allí donde volvió a tropezarse con el joven escritor.
—Hola, te vi el otro día en el Derby —dijo Kalús, parando el carrito junto a la acera — ¿Te apetece un helado?
—Vale —dijo el joven—. ¿De que los tienes?
—Hay uno muy bueno, de menta —dijo Kalús, bajando de la bicicleta y rebuscando en uno de los compartimentos del carrito—. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Gora, Gora Vorontsov —dijo este, cogiendo el helado que le ofrecían—. Llevo unos meses estudiando en la Universidad.
—Vaya, me alegro —dijo Kalús—. Yo no tengo dinero para hacerlo. Por eso tengo que trabajar con este viejo carrito. Era de mi padre.
—A mí me parece un buen trabajo —dijo Gora—. Estudiar es una completa pérdida de tiempo.  
—Bueno, nos miramos, ¿vale? —dijo Kalús, antes de volver a montar en el carrito.
—¿Por qué hablas así? —preguntó Gora, extrañado.
—Es una costumbre de un amigo mío. Se me ha “pegao” —dijo Kalús, encongiéndose de hombros.
Pasaron algunas semanas antes de que volviesen a coincidir. Esta vez fue en el “Hall” del Avenida Palace. Gora bajaba para ir a sus clases y Kalús tomó el ascensor en el piso inmediatamente inferior.  
—Hola, que casualidad —dijo Gora, soriendo.
—Sí, he venido a visitar a un amigo —dijo Kalús—. ¿Y tú?
—Yo vivo aquí.
—Jo, estupendo —dijo Kalús, mientras se abrían de nuevo las puertas.
Cuando llegaron a la puerta giratoria se detuvieron los dos a la vez.
—Pasa tú —dijo Gora, deteniéndose y dando un paso atrás.
—No, pasa tú —dijo Kalús, sonriendo.
—Vale —dijo Gora, pasando por delante.
Kalús fue hasta su carrito, que estaba aparcado en la acera, y se montó en el sillín, encima de la rueda trasera.
—Chao, ya nos “miraremos” —dijo, mientras se alejaba.
En los días siguientes Gora trató de averiguar algo acerca del misterioso amigo que vivía en el piso de abajo. Recorrió los pasillos y preguntó a alguna de las camareras que solían deambular por allí, pero fue inútil.
Un día volvió a ver a Kalús a lo lejos, en recepción. Intentó llamar su atención pero este se escabulló y ya no fue capaz de localizarlo de nuevo.
No fue hasta unas semanas después que volvió a verlo, con su vestido ajustado de color verde, montado en su carrito de horchata, pasando ante la ventana del Derby Bar. Esta vez decidió seguirlo y fue hasta la esquina, por donde había desaparecido.
Enseguida vio el carrito aparcado sobre la acera, junto a la entrada del Avenida Palace. Entró en recepción y vio como uno de los ascensores estaba detenido en el piso séptimo. Fue hasta allí y estuvo un rato escuchando en cada una de las puertas hasta que una de ellas se abrió y aparecieron dos hombres, un tipo alto, medio calvo, que llevaba un fajo de billetes en la mano, y Kalús, que parecía nervioso.
—Quiero que lo sigas atendiendo, al menos un mes más —dijo el tipo alto, poniendo el dinero en manos de Kalús.
—No puedo… —dijo este, antes de ver a Gora en el pasillo.
—Mañana hablaremos —dijo el tipo alto, mirando también a Gora.
Kalús se quedó parado, junto a la puerta, mientras el tipo alto se metía en el ascensor. Gora se acercó lentamente.
—Bueno, ya has averiguado mi otro trabajo —dijo Kalús, guardándose el dinero en el interior del traje ajustado.
—Sí, prostituto de noche, por lo que veo —dijo Gora, a punto de echarse a reír.
—No, no es eso —dijo Kalús, sonriendo a su vez —. Ven y te presentaré a alguien.
Le invitó a entrar en la habitación, que estaba casi completamente a oscuras, y le llevó hasta el dormitorio, donde había un hombre acostado leyendo un pequeño libro de tapas amarillas con una linterna.
—Este es Anselmo Schmitt Moysi. Lleva un tiempo enfermo a causa de un naufragio que sufrió en la costa, este verano —dijo Kalús, y dirigiéndose a este, añadió —. Anselmo, este es Gora Vorontsov, un amigo que conocí en el Derby Bar.
—Yo me acuerdo de ti —dijo Gora—. Nos vimos hace un año, en la estación de Ravenport, en la isla de Crisoelephantine.
—Sí, es cierto —dijo Anselmo, incorporándose en la cama y dejando el libro sobre la mesilla —Yo también me acuerdo de ti. Estabas sentado en uno de los bancos de la estación, con una maleta en las manos.
—Sí, es cierto —respondió Gora, sentándose al pie de la cama—. Y ¿cómo fue aquel viaje?
—Buf, ni te lo puedes imaginar —dijo Anselmo—. He vivido una de las experiencias más impresionantes de mi vida.
Kalús se quedó un poco apartado, mientras escuchaba todo aquello, pero al fin se decidió a intervenir.
—Bien, puesto que ya os conocéis no queda más remedio que fundar un Club —dijo, abriendo el minibar que había escamoteado detrás de uno de los muebles—. Y para fundar un Club hay que brindar con algo.
Todos estuvieron de acuerdo y en medio del brindis Anselmo preguntó:
—Y ¿cómo le vamos a llamar al Club?
—Le Coom Bazz —dijo Kalús.
—Y eso ¿qué significa? —preguntó Gora
—No lo sé, pero suena bien —respondió Kalús.
Algún tiempo después Anselmo comenzó a mejorar de sus sucesivas obsesiones y el psiquiatra le dejó salir a la calle, convenientemente vigilado por Kalús. Gora, por su parte, dejó de asistir a clase y pasaba casi todas las tardes escuchando las historias de Anselmo.
Un día, a finales de diciembre, Gora dijo que tenía que ir a Sanandrés, a casa de su padrino, Ludwig. Eran las navidades del año 2202, una forma de medir el tiempo como cualquier otra.
Cuando regresó, al mes siguiente, fue hasta la habitación de Anselmo, pero nadie respondió a su llamada. Preguntó en recepción, y le dijeron que la habitación llevaba tiempo desocupada.
Por la noche fue hasta el Derby Bar y estuvo hasta muy tarde sentado en la mesa junto a la ventana, dándole vueltas a la pluma con los dedos completamente entintados, sin ganas de escribir nada en la libreta Enri, esperando ver aparecer a Kalús, pero tampoco tuvo suerte.
Fue entonces, al salir del bar cuando se tropezó con Anselmo, que salía de un edificio cercano llevando un elegante bastón con empuñadura de nácar.
—Eh, hola. Te he estado buscando en el hotel, pero me dijeron que ya no te alojabas allí —dijo Gora, acercándose.
—Ah, mi familia quiso que me quedase en casa, ahora que ya no estoy tan mal —dijo Anselmo, señalando el lujoso edificio que tenía a su espalda—. Es la casa de los Moysi. Moysi viene de Moisés, ¿sabías? Dicen que mi familia desciende directamente de él.
—Vaya, que impresionante —dijo Gora—. Yo no conocí a mis padres, pero mi abuelo, Darío Vorontsov, fue una persona importante. Tenía muchas empresas, y un banco, en Malta.
—Eso también está bien —dijo Anselmo—. Pero lo importante es lo que nosotros hagamos en el futuro, ¿no te parece?
—Sí —respondió Gora, cogiendo a su amigo por el hombro—. Por cierto, ¿has vuelto a ver a Kalús?
—No, pero sé dónde vive. Mi hermano Bernardo tenía su dirección en la cartera —dijo Anselmo, haciendo un gesto de inteligencia—. Me la sé de memoria: Pensión Zeleste, calle Platería, 39. 
Unos días después Gora se acercó por aquel lugar. Llegó al número 39 y vio un portalón abierto que conducía a un oscuro callejón. En su interior encontró unas escaleras de madera que llevaban hasta el primer piso. Un largo corredor con varias puertas terminaba en un wáter comunitario, con una cisterna suspendida en lo alto y un rollo de papel marrón en la pared.  

No había manera de averiguar donde vivía Kalús, así que decidió dar una vuelta por los alrededores. 
Entró en un local en el que había que bajar varios escalones de piedra. En su interior había varios departamentos con asientos corridos en las paredes. En la mayor parte de ellos había gente fumando y escuchando música con aspecto muy concentrado. Tampoco allí estaba Kalús.
Pero unas semanas después volvió a verlo de noche, en la parte baja de las Ramblas. Iba abrazado a una chica de aspecto bohemio, con el pelo rubio y pecas en los hombros. Kalús llevaba unos leotardos negros y el sombrero hongo colgaba de unas cintas que rodeaban su cuello.
Algo de aquella chica le turbó profundamente. No fue solo el olor, ni la cadencia de sus cabellos. Había algo más. De repente se acordó del pasado verano y de otra chica que había conocido en Verger Fleurí, en la Costa Azul francesa. Hubiera jurado que era la misma, pero no había podido verle bien la cara.

De repente perdió completamente las fuerzas y se dejó caer sobre el asfalto, ocultando su cara con las manos y lanzando un angustioso gemido. Entonces se acordó de todo, del año que había pasado recluido en una institución psiquiátrica, de las duras palabras de su tío, de la prohibición de volver a hablar con sus primos, y del verano pasado en Verger Fleurí, permanentemente vigilado por Agnes. 
Pasó varios días encerrado en su habitación hasta que, una tarde, recibió una llamada de teléfono. Era el recepcionista.
—Una persona quiere hablar con usted —dijo.
—¿Quién es? —preguntó Gora.
—Su tío, llama desde Sanandrés —dijo la voz.
Tío Ludwig le anunció que el decano de la facultad se había puesto en contacto con él y le había informado de que su sobrino llevaba meses sin asistir a clase, que no tenía ni una sola asignatura aprobada y que de seguir así se le abriría un expediente. También le dijo que iba a restringir su asignación y que de no pasar al curso siguiente cerraría Verger Fleurí y lo internaría de nuevo en la misma institución psiquiátrica de Sanandrés donde ya había pasado todo un año.
Gora prometió que acabaría el curso, que pasaría al segundo grado y que no tendría que preocuparse más por él.
Unos meses después, cuando estaba a punto de acabar la primavera, Gora caminaba por la acera de la Gran Vía, cerca ya del hotel, cuando volvió a cruzarse con Anselmo. Este le hizo una seña y se acercó hasta él.
—Hola, he visto de nuevo a Kalús —dijo—. Ahora trabaja en un teatro de la calle San Pau, el Salón Diana. Hace un número de magia, una desaparición de un cadáver o algo así. Podemos ir a verlo.
—Vale, quedamos esta noche —dijo Gora.

—Nos miramos —respondió Anselmo, haciendo un gesto con la mano.